La voz de la Palabra en medio del ruido del mundo Un blog dedicado a compartir la verdad bíblica, fortalecer la fe y recordar lo eterno en una generación distraída.

30 dic 2006

Ellos Marcaron la Historia del Cristianismo

Esta es una sección dedica a los grandes predicadores que hicieron historia y otros que aún siguen dejando la huella de Cristo con su ministerio. Conozcamos entonces de quién se trata...


Wilkerson David

Nació en Estados Unidos.
Hijo de creyentes pentecostales se crió bajo la influencia de su padre Kenneth Ann Wilkerson y de su abuelo Jay Wilkerson, ambos predicadores.

Estudió en el Central Bible Institute (1951-52) de las Asambleas de Dios.
Comenzó su ministerio pastoreando una pequeña iglesia en Pensilvania.

Dio origen a un programa de televisión de las iglesias de las Asambleas de Dios en Pensilvania.
Su libro La cruz y el puñal marcó el comienzo del movimiento carismático actual, tanto entre católicos como entre protestantes, quienes comenzaron a interesarse por el tema de las lenguas.
Es el fundador de Teen Challenge (Desafío Juvenil), organización de ayuda al toxicómano, que nació en 1959 y se ha extendido por todo el mundo.
Su converso más notable es Nicky Cruz, que, a su vez, es un predicador internacional entre los marginados.
En 1987, juntamente con su hermano Don y Robert Philips, fundó la iglesia Time Square Church de Nueva York, haciendo uso de un viejo teatro, que se ha convertido en una de las congregaciones más numerosas de Nueva York.

Predicador popular y callejero, nunca ha evitado enfrentarse al peligro de las bandas de los barrios bajos del Bronx, Brooklyn y Manhattan, con tal de llevarles el Evangelio del amor de Dios.


Katherine Kuhlman


Nació en el estado de Missouri.
Justo al finalizar los estudios primarios, a la edad de dieciséis años, sintió el llamado a predicar, participando como ayudante en el ministerio evangelístico que realizaban su hermana Myrtle y su cuñado, Everett Parrott.
Pronto inició un ministerio independiente de forma itinerante, en carpas, por los estados de Idaho, Utah y Colorado, hasta instalarse en 1933 en la ciudad de Denver, (Colorado) predicando en lo que fue conocido como el Kuhlman Revival Tabernacle, que en 1935 contaba ya con 2000 asientos.
En 1946, mientras predicaba en Franklin, Pennsylvania, una mujer afirmó haber sido sanada de un tumor.
A partir de este hecho inició sus conocidos y mundialmente famosos cultos de milagros, en los que Kathryn iba recorriendo las distintas secciones del auditorio, señalando con el dedo a los asistentes mientras Dios le revelaba las enfermedades que padecía cada uno, a la vez que sanando a muchos.
En 1948 se trasladó a Pittsburgh, ciudad en la que se instaló definitivamente y donde fijó su cuartel general hasta su muerte, predicando en el Carnegie Hall y en la First Presbyterian Church.
Catapultada a la fama a nivel nacional a través de un extenso y favorable artículo publicado por la revista Redbook, en 1965 se trasladó a California donde llevó a cabo campañas masivas en el Pasadena Civic Auditorium y Los Angeles Shrine Auditorium consiguiendo llenar sin mayor problema sus 7000 butacas cada vez que subía al estrado, día tras día durante diez años.

Conocida ya en todo en país a través de sus programas de TV en la cadena CBS, en 1972 recibió un doctorado honoris causa de la Oral Roberts University.
Kathryn muere el 20 de febrero de 1976 a causa de una hipertensión pulmonar y es enterrada en el Florest Lawn Memorial Park, Glendale, California.

Graham Billy

Nació el 7 de noviembre de 1918 en Charlotte (Carolina del Norte, EE.UU.).
Convertido a los 16 años de edad en una campaña de Mordecai F. Ham (1877-1961).
En 1936 comenzó a estudiar en la Universidad Bob Jones de Cleveland (Tennessee) y después marchó al Instituto Bíblico Florida de Tampa (1937. Hoy Tinity College, Clearwater).
Asimismo realizó estudios en el Wheaton College, de Wheaton (Illinois, 1940-43).
Allí conoció a su futura esposa Ruth Bell, hija de unos misioneros presbiterianos en China.
La boda tuvo lugar el 13 de agosto de 1943.
En marzo de 1938 decidió delante de Dios convertirse en un embajador de Jesucristo.
Aunque de orígenes presbiterianos, fue ordenado al ministerio de los Bautistas del Sur en 1939, con la aprobación de sus padres.
En un principio no fue nada elocuente como predicador, sin embargo siempre había algo que a todos dejado impresionados: su sinceridad.
Nombrado evangelista de Juventud para Cristo, al terminar la II Guerra Mundial hizo dos visitas a Inglaterra, con el fin de estudiar las posibilidades de realizar allí una obra.
En 1948 asistió al Congreso del Concilio Mundial de Iglesias en Amsterdam (Holanda).
También conoció a Dawson Trotman, de los Navegantes, de quien aprendió la importancia del seguimiento de las conversiones habidas en las campañas.

De 1947 a 1951 fue el Director del Northwestern Bible College de Minneapolis (Minnesota).
Su nombre llegó a conocerse a escala nacional a raíz de su campaña evangelística en Los Angeles (1947).
Llegó a aparecer hasta en las primeras páginas de periódicos como el Time Newsweek y Life.
En 1950 fundó la Asociación Evangelística Billy Graham y la Hora de la Decisión.
También contribuyó a la fundación de la prestigiosa revista Christianity Today.
Ha patrocinado Congresos de Evangelismo en Berlín (1966), Lausanne (1974) y de Evangelistas Itinerantes en 1983 y 1986.
Ha predicado a más gente que ningún otro en la historia de la Iglesia.
Se calcula que cien millones de personas le han escuchado directamente, aparte del incontable número de los que han seguido sus mensajes por radio o televisión.
Unos dos millones de personas han respondido a su llamamiento de salir al frente para recibir a Cristo.

Ha recorrido todo el mundo predicando sin descanso.
Inglaterra ha sido uno de sus países predilectos, donde ha conducido varias misiones con el deseo de iniciar un avivamiento genuino mediante las principales denominaciones.
Una de sus grandes contribuciones al cristianismo estadounidense ha sido su genuina defensa de la reconciliación e integración entre blancos y negros, que ha promovido en todos los frentes.
Fue buen amigo de Martin Luther King.
Consciente de la importancia de la educación es uno de los evangelistas más cultos y entusiastas de la necesidad de estudiar.
Aprender era un deseo insaciable en mí.
Ardía por aprender.

El Centro Billy Graham provee de una de las mejores bibliotecas para estudiar el movimiento evangélico.

Dobson James

Nació el 21 de abril de 1936.


Fue profesor clínico asociado de Pediatría en la Unversidad de California Sur, Escuela de Medicina, durante 14 años.
Durante otros 17 perteneció al cuerpo médico del Hospital Infantil de Los Angeles en la sección de Desarrollo Infantil y Medicina genética.
Fue elegido por los Presidentes Jimmy Carter y Ronald Reagan como consejero de temas familiares y de la juventud, en el programa de la Comisión para la Justicia Juvenil y la Prevención de la Delincuencia.
Asimismo ha participado en la Comisión Judicial General de Pornografía y la Junta de Niños Perdidos y Explotados.

Está casado y es padre de dos hijos.
Lleva a cabo su obra mediante un programa de radio y televisión que se transmiten en casi 200 emisoras, lo que hace de él una verdadera celebridad nacional.

Su ministerio no comercial, Focus on the Family, está basado en una perspectiva cristiana de la vida y la familia, cuya filosofía puede resumirse como sigue: Disciplina, amor, autoestima, lealtad y fidelidad esposa-marido y entrega familiar.
No son ideas nuevas, dice, nunca he dicho que haya creado algo nuevo... es la sabiduría de la ética judeo-cristiana.

Meyer Joyce

Joyce Meyer ha estado enseñando la Palabra de Dios desde 1976 y ha estado en el ministerio de tiempo completo desde 1980.


Anteriormente como Pastora Asociada en la Iglesia Life Christian Center en St. Louis, Missouri, desarrolló, coordinó e impartió una enseñanza semanal conocida como Vida en la Palabra.
Después de cinco años, el Señor la llevó a concluirlo y la dirigió a establecer su propio ministerio llamándolo Ministerio Joyce Meyer.
El programa de televisión del Ministerio Joyce Meyer está disponible aproximadamente a dos billones de personas a nivel mundial.

Adicionalmente el programa de radio de Joyce se transmite en más de 400 estaciones.
Sus cintas de enseñanza son disfrutadas por muchos a nivel internacional.

Ella viaja extensamente dando Conferencias del Ministerio Joyce Meyer.
Joyce y su esposo, Dave, administrador financiero del Ministerio Joyce Meyer, han estado casados por 36 años y tienen cuatro hijos.

Ellos residen en St. Louis, Missouri y son padres de cuatro hijas.

Joyce ha enseñado acerca de cientos de temas en reuniones por todo el país, ayudando a muchos miles de personas.
Ella tiene una extensa variedad de videos, cintas en audio y es autora de 54 libros de diversos temas que ayudan al Cuerpo de Cristo.
Ella tiene un Doctorado Honorario en Divinidad de la Universidad Oral Roberts en Tulsa, Oklahoma y un Doctorado en Teología de la Universidad de Life Christian en Tampa, Florida.

Charles H. Spurgeon

Llamado "el príncipe de los predicadores", nació en 1834 y falleció en 1892. Considerado una de las grandes personalidades de la historia evangélica, este notable predicador y escritor inglés pastoreó una iglesia bautista de aproximadamente 6000 miembros y se estima que llevó al Señor a unas 15000 personas. Se han hecho famosos sus sermones.















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La Soberanía Divina

¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? (Mateo 20:15).
El padre de familia dice: "¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?"
Y esta mañana, el Dios de cielos y tierra os hace la misma pregunta: "¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?"

No hay un atributo de Dios más consolador para sus hijos que la doctrina de la soberanía divina. Bajo las más adversas circunstancias, en los más graves contratiempos, ellos creen que esa soberanía ha ordenado sus aflicciones, que las gobierna y que las santifica. No hay otra cosa por la que los hijos de Dios deban contender más firmemente que por el dominio de su Señor sobre toda la creación, trono suyo -la realeza de Dios sobre las obras de sus mano-, y el derecho a sentarse en ese trono. Por otra parte, tampoco hay doctrina más odiada por los mundanos, ni verdad convertida en semejante pelota de fútbol, como la de la grande, maravillosa y ciertísima soberanía del infinito Jehová. Los hombres permitirán a Dios estar en cualquier sitio menos en su trono. Consentirán en hallarlo en el taller formando los mundos y haciendo las estrellas. Accederán a que esté en su casa de caridad repartiendo limosnas y otorgando mercedes. Le tolerarán mantener firme la tierra y sostener Sus pilares, o iluminar las lámparas del cielo, o gobernar al inquieto océano; pero cuando Dios sube a su trono, sus criaturas rechinan los dientes. Y cuando proclamamos un Dios entronizado y su derecho a hacer según le plazca con lo suyo, a disponer de sus criaturas como le parezca sin consultar con ellas, entonces somos silbados y despreciados, y los hombres cierran sus oídos a nuestras palabras, porque un Dios en su trono no es el Dios que ellos aman. Les agradaría contemplarle en cualquier sitio menos en su solio con su cetro en su mano y la corona en sus sienes. Pero es un Dios entronizado el que a nosotros nos gusta predicar, en quien confiamos, de quien hemos cantado y de quien hablaremos en esta plática. Sin embargo, haré hincapié solamente sobre una parte de la soberanía de Dios, y es la que toca a la distribución de sus dádivas. En este aspecto creo que, no solamente tiene derecho a hacer lo que quiera con lo suyo, sino que, en realidad, lo hace. Antes de comenzar nuestro sermón, debemos reconocer como cierto que todas las bendiciones son regalos de Dios, a los que no tenemos derecho por nuestros propios méritos; y creo que toda persona que piense un poco debe reconocerlo así.
Una vez admitido esto, nos ocuparemos en demostrar que si hace lo que quiere con lo suyo es porque tiene derecho a quedárselo todo si le place, a repartirlo si así lo prefiere, a dar a unos y a otros no, o bien a no dar a nadie o dar a todos, según parezca bien a sus ojos.

"¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?"

Dividiremos los dones de Dios en cinco clases: Temporales, salvadores, honoríficos, útiles y consoladores. De todos ellos debemos decir: "¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?"

1. Empezaremos, pues, con LOS DONES TEMPORALES. Es un hecho indiscutible que Dios, en las cosas temporales, no ha repartido a todos por igual; no todas sus criaturas han recibido la misma cantidad de ventura y posición en este mundo. Existe una desigualdad. Notadla sobre todo en los hombres, porque de ellos nos ocuparemos principalmente. Unos nacen como Saúl, que "del hombro arriba sobresalía a cualquiera del pueblo"; otros serán toda su vida como un Zaqueo, hombre de corta estatura. Unos tienen un cuerpo musculoso y son físicamente atractivos; otros son débiles y distan de tener una figura hermosa. Cuantos encontramos cuyos ojos nunca han gozado de la luz del sol; cuyos oídos jamás han escuchado el encanto de la música y cuyos labios en la vida han pronunciado palabras inteligibles o armoniosas. Id por el mundo y hallaréis hombres superiores a vosotros en vigor, salud y figura; y otros inferiores en todas estas mismas cosas. Algunos de los que están aquí son preferidos por su aspecto exterior al resto de sus semejantes, mientras que otros son dejados a un lado y no tienen nada de que puedan gloriarse en la carne. ¿Por qué ha dado Dios belleza a un hombre y a otro no? ¿A uno todos sus sentidos y a otro sólo parte de ellos? ¿Por qué ha despertado en unos el sentido del entendimiento, mientras que otros se ven obligados a tener una mente obtusa y terca? Digan lo que digan los hombres, no puede haber otra respuesta que esta: "Así, Padre, pues que así agradó en tus ojos". Los antiguos fariseos preguntaron: "Rabí, ¿quién pecó este o sus padres, para que naciese ciego?" Sabemos que no fueron los pecados de los padres ni los del hijo la causa de que éste naciera ciego, como tampoco es por eso por lo que otros han sufrido desgracias parecidas; sino porque Dios ha actuado según le ha placido en el reparto de sus beneficios terrenales, diciendo de este modo al mundo: "¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?" Notad, también, la desigualdad que existe en la distribución de los dones intelectuales. No todos los hombres son como Sócrates; hay pocos como Platón; los hombres como Bacon aparecen muy de tarde en tarde; no se da muy frecuentemente la ocasión de poder hablar con algún Isaac Newton. Algunos tienen maravillosa inteligencia con la que pueden desentrañar grandes misterios, sondear las profundidades de los océanos, medir la altura de las montañas, analizar los rayos del sol y pesar los astros. Otros no tienen sino pocos alcances. Podéis educarlos y educarlos, que nunca lograréis hacer de ellos grandes hombres. Es imposible mejorar lo que no tienen. Carecen de genio y vosotros no podéis impartírselo. Cualquiera puede ver que hay una diferencia inherente en el hombre desde su mismo nacimiento. Algunos, con poca instrucción, aventajan a aquellos que han sido concienzudamente preparados. Tomad dos muchachos, educadlos en el mismo colegio, por el mismo maestro; los dos se aplicarán en sus estudios con la misma diligencia, pero uno de ellos dejará rezagado a su compañero. ¿Por qué es esto? Porque Dios hace sentir su soberanía tanto sobre la inteligencia como sobre el cuerpo. Él no nos ha hecho a todos iguales; sino que ha dado variedad a sus dones. Un hombre es elocuente como Whitefleld, y otro tartamudea aunque sólo tenga que hablar tres palabras en su propia lengua. ¿Qué es lo que establece estas marcadas diferencias entre hombre y hombre? Tenemos que responder que debemos atribuirlo todo a la soberanía de Dios, quien hace lo que quiere con lo suyo. Reparad de nuevo en las diferentes condiciones de los hombres en el mundo. De vez en cuando han surgido preclaras inteligencias entre hombres cuyos miembros han arrastrado las cadenas de la esclavitud y cuyas espaldas han sido ofrecidas al látigo; hombres de piel negra, pero de entendimiento inmensamente superior al de sus brutales amos. También en Inglaterra es frecuente encontrar a sabios que viven en la pobreza, y ricos no pocas veces ignorantes y vanos. Unos vienen a este mundo para ser ataviados con la púrpura imperial, otros no llevaran más que sus humildes ropas de campesino. Unos tienen un palacio para morar y colchón de plumas para descansar, mientras otros no tienen sino un duro catre y nunca les cobijará más suntuoso techo que el de paja de su cabaña. Si de nuevo preguntásemos la razón de todo esto, la respuesta seguiría siendo la misma: "Así, Padre, pues que así agradó en tus ojos". A vuestro paso por la vida podréis observar de otras muchas maneras la manifestación de la soberanía de Dios. Da a algunos hombres una salud recia durante toda su vida, de forma que apenas saben lo que es una indisposición; mientras que otros se arrastran vacilantes por el mundo esperando encontrar la tumba abierta a cada paso, viviendo miles de miles de muertes al temer constantemente a una. Hay personas, como Moisés, que aun en los últimos días de una vida extraordinariamente larga tienen una vista aguda y que, aunque tengan el cabello blanco, se mantienen firmes sobre sus pies, como cuando eran jóvenes. Nuevamente preguntamos: ¿cuál es la causa de esta diferencia? Y otra vez aparece la única respuesta adecuada: La soberanía de Jehová. Encontraréis también que, mientras a unos se les quita la vida prematuramente -en la flor de su vida-, a otros les es dado llegar más allá de setenta; unos parten antes de haber cubierto la primera etapa de su existencia, mientras otros prolongan sus días hasta convertirse totalmente en un estorbo. Estimo que necesariamente debemos atribuir la causa de todas estas diferencias de la vida a la soberanía de Dios. El es Rey y Soberano y, ¿no hará lo que quiera con lo suyo? Vamos a dejar este extremo de la cuestión; pero antes de hacerlo, debemos recapacitar un poco más sobre él. ¡Oh!, tú que has sido dotado de una noble figura, de un cuerpo hermoso: no te enorgullezcas de ello, porque tus dones proceden de Dios. No te gloríes, porque si lo haces, desaparecerá en un momento toda tu apostura. Las flores no presumen de su belleza ni los pájaros cantan su plumaje. Hijas, no os envanezcáis con vuestra hermosura; hijos, no seáis engreídos de vuestra gallardía. Y vosotros, ¡oh! hombres, poderosos e inteligentes, recordad que todo cuanto tenéis os ha sido concedido por un Soberano Señor: El creó, El puede destruir. No hay mucha diferencia entre la más preclara inteligencia y el idiota más desvalido: las mentes penetrantes rayan en la locura. Vuestros cerebros pueden ser trastornados en cualquier momento, y en adelante estar condenados a vivir en la demencia. No os jactéis de vuestro saber, porque aun el más pequeño conocimiento que poseéis os ha sido dado. Por lo tanto, yo os digo, no os enaltezcáis sobremanera, sino emplead para Su gloria los dones que Dios os ha dado, porque son dádivas reales que no podéis rechazar. Si el Soberano Señor os ha dado un talento, y no más, no lo guardéis en vuestra faltriquera, sino haced buen uso de él y quizá os será aumentado. Bendecid a Dios porque tenéis más que algunos, y dadle gracias, también, porque os ha dado menos que a otros, porque así no es tanto lo que tenéis que llevar sobre vuestros hombros; ya que cuanto más ligera sea vuestra carga, menos gemiréis en vuestro caminar hacia la tierra mejor. Bendecid a Dios, pues, si poseéis menos que vuestros semejantes, y ved su bondad tanto en el dar como en el retener.

II. En todo cuanto hemos dicho hasta aquí, probablemente la mayoría esta de acuerdo con nosotros; pero cuando entramos en el segundo punto, LAS DÁDIVAS SALVADORAS, gran número de personas discrepan, porque no pueden aceptar nuestra doctrina. Cuando aplicamos esta verdad con relación a la soberanía de Dios en la salvación del hombre, vemos como hay quien se levanta para defender a sus semejantes, a quienes consideran perjudicados por la predestinación divina. Pero nunca oí de alguno que se alzara para abogar por Satanás; y yo creo que si algunas criaturas de Dios tuvieran derecho a quejarse de Su comportamiento, éstas serían los ángeles caídos. Por su pecado fueron arrojados del cielo fulminantemente, y no leemos que nunca les fuera enviado un mensaje de misericordia. Una vez echados fuera, su condenación fue sellada; mientras que a los hombres se les dio una tregua, fue enviada redención a su mundo, y un gran número de ellos fueron escogidos para vida eterna. ¿Por qué no contender con la soberanía tanto en un caso como en otro? Afirmamos que Dios ha elegido un pueblo de entre los hombres, y se le niega el derecho a obrar así. Y yo pregunto: ¿por qué no se discute igualmente el hecho de que haya escogido a los hombres y no a los ángeles caídos, o su justicia por esa forma de proceder? Si la salvación fuese asunto de derecho, los ángeles tendrían en verdad tanto como los hombres. ¿No estaban situados en una dignidad superior?, ¿o es que pecaron más? Creemos que no. El pecado de Adán fue tan intencionado y pleno que no podemos imaginar uno mayor. Si los ángeles expulsados del cielo hubiesen sido restaurados, ¿no habrían prestado mayor servicio a su Hacedor que el que nosotros podamos prestarle jamás? Si se nos hubiera permitido juzgar en esta cuestión hubiéramos liberado a los ángeles y no a los hombres. Así pues, admirad el amor y la soberanía divinos, ya que mientras aquellos fueron hechos pedazos, Dios levantó un número de elegidos de entre la raza humana para hacerles estar entre príncipes por los méritos de Jesucristo nuestro Señor. Notad de nuevo la soberanía divina en el hecho de que Dios escogió al pueblo israelita y dejó a los gentiles en la oscuridad durante años. ¿Por qué fue Israel enseñado y salvado mientras Siria se perdía en la idolatría? ¿Era una raza más pura en su origen y mejor en su condición que la otra? ¿No tuvieron los israelitas dioses falsos centenares de veces, que provocaron la ira y el aborrecimiento del Dios verdadero? ¿Por qué fueron favorecidos más que todos sus semejantes? ¿Por qué el sol brilló sobre ellos, mientras a su alrededor las naciones eran dejadas en la oscuridad, y miríadas eran sepultados en el infierno? ¿Por qué? La única respuesta que puede darse es esta: Que Dios es soberano y "del que quiere tiene misericordia; y al que quiere, endurece". Y también, ¿cómo es que Dios nos ha dado su Palabra a nosotros, mientras multitud de personas están todavía sin ella? -¿Por qué nos podemos acercar al tabernáculo de Dios cada uno de nosotros, domingo tras domingo, teniendo el privilegio de escuchar la voz de un ministro de Jesús, mientras otras naciones no han sido bendecidas del mismo modo? ¿No podía Dios haber hecho que la luz resplandeciera también en sitios de tinieblas? ¿No podía Él, si le hubiese placido, haber enviado mensajeros raudos como la luz para que proclamasen su Evangelio por toda la tierra? Podía haberlo hecho si hubiera querido. Pero, puesto que sabemos que no ha sido así, nos inclinamos con humildad, confesando su derecho de hacer lo que quiera con lo suyo. Mas permitidme que traiga, una vez más, la doctrina a nuestros ámbitos. Observad cómo manifiesta Dios su soberanía en el hecho de que de la misma congregación donde todos han oído al mismo predicador y escuchado idéntica verdad, es tomado el uno y dejado el otro. ¿Por qué será que en una de mis oyentes, sentada en los últimos bancos de la capilla junto a su hermana, el efecto de la predicación es diferente que en la otra que está a su lado? Ambas han sido criadas sobre las mismas rodillas, mecidas en la misma cuna y educadas con igual esmero; las dos han oído al mismo predicador y con idéntica atención; ¿por qué una será salvada y la otra dejada? Lejos esté de nosotros el buscar excusas en favor del hombre que se condena, cuando no hay ninguna. Igualmente, lejos esté de nosotros el restarle gloria a Dios, pues sabemos que es Él quien hace la diferencia; por eso la hermana que se ha salvado no debe agradecérselo a sí misma, sino a su Señor. Habrá también dos hombres dados al vicio de la bebida. Unas palabras de la predicación traspasarán a uno de ellos de parte a parte, pero el otro permanecerá impasible, aunque serán bajo todos los aspectos idénticamente iguales, tanto en temperamento como en educación. ¿Cuál es la razón? Tal vez digáis: porque uno ha aceptado el mensaje del Evangelio y el otro lo ha rechazado. Pero debemos responder con la misma pregunta: ¿quién hace que uno acepte y el otro rechace? Me figuro que diréis que el hombre mismo hizo la distinción; pero debéis admitir en vuestra conciencia que es a Dios solo a quien pertenece este poder; a pesar de ello, aquellos a los que no les agrada esta doctrina, están siempre en pugna contra nosotros y dicen: ¿Cómo puede Dios hacer tal acepción entre los miembros de su familia? Imaginaos un padre que tuviese determinado número de hijos, y que a uno diera todos sus beneficios, relegando a los otros a la miseria: ¿diríamos que era un padre duro y cruel? Admito que sí, pero no es el mismo caso, porque no es con un padre con quien tenéis que tratar, sino con un juez. Decís que todos los hombres son hijos de Dios, y yo os sitúo a probarlo con la Biblia. Nunca he leído en ella nada parecido, y jamás me atrevería a decir: "Padre nuestro que estás en el cielo", hasta que fuese regenerado; no puedo gozarme de su paternidad hasta saber que soy uno con Él y coheredero con Cristo; no osaría llamarle Padre mientras fuera una criatura sin regenerar. No existe aquí la misma relación que entre padre e hijo -porque el hijo siempre tiene algún derecho sobre su padre- sino entre rey y súbdito; y aun ni siquiera ésta, porque el súbdito tiene a veces algo, por pequeño que sea, que reivindicar de su rey. Pero una criatura, una criatura pecadora, jamás puede tener derechos sobre Dios; porque si así fuera, la salvación sería por obras y no por gracia. Si el hombre pudiera merecerla, el salvarlo sería entonces el pago de una deuda, y no se le daría más que lo que se le debía. Sostenemos que la gracia, para que sea tal, ha de hacer diferencias. Alguno dirá: Pero, ¿no está escrito que "a cada uno le es dada medida de gracia para provecho" Bien, si os gusta podéis repetir esa maravillosa cita hasta la saciedad, que seréis bien recibidos. Pero tened en cuenta que esta no es una cita de las Escrituras, a menos que se halle en una edición arminiana. El único pasaje parecido a este se refiere a los dones espirituales de los santos, y sólo de los santos. Ya que, admitiendo vuestra suposición, si a cada uno le es dada medida de gracia para provecho, es evidente que hay otros que la reciben con carácter especial para que, precisamente, les sea provechosa. ¿Qué entendéis por gracia que puede usarse para provecho? Me es fácil comprender los adelantos humanos para perfeccionar la utilización de la grasa, pero lo que no entiendo es una gracia que sea perfeccionada para ser usada por los hombres. La gracia no es una cosa que yo pueda usar, sino algo que me usa a mí; sin embargo la gente habla de ella como pudiéndola manejar, y no como una influencia que tiene poder sobre ellos. No es algo que yo pueda perfeccionar, sino que me perfecciona a mi, que me emplea y obra sobre mí. Que los hombres hablen cuanto quieran sobre la gracia universal; absurdo por completo porque no existe tal cosa ni puede existir. De lo que pueden hablar con propiedad es de bendiciones universales, porque vemos que los dones naturales de Dios han sido esparcidos por doquier, en mayor o menor profusión, y los hombres pueden aceptarlos o rechazarlos. Pero que no digan lo mismo de la gracia, porque nadie puede cogerla para, por sí mismo, y volverse de las tinieblas a la luz. La luz no viene a la oscuridad y le dice: úsame, sino que la toma y la echa fuera. La vida no acude al cadáver y le dice: válete de mi y torna a vivir, sino que con su propio poder lo resucite. Lo espiritual no se acerca a los huesos resecos para decirle: usadme y revestios de carne, sino que él los cubre, y acaba la obra. La gracia es, pues, algo que se nos da y que ejerce su influjo sobre nosotros. Solamente el deseo soberano De Dios, nos hace herederos de gracia; Nacidos a la imagen de su hijo, Restaurados de la caída raza.. Y nosotros decimos a todos aquellos que rechinan sus dientes al oír esta verdad, que, tanto si lo saben como si no, sus corazones están llenos de enemistad contra Dios; porque mientras no lleguen al conocimiento de esta doctrina, hay algo que aun no han descubierto, y que les hace oponerse a la idea de un Dios absoluto, libre, sin cadenas, inmutable y teniendo libre albedrío, cosa que son tan dados a demostrar que las criaturas poseen. Estoy persuadido de que debemos mantener la doctrina de la soberanía de Dios, si tenemos una mente sana. "De Jehová es la salud." Dad, pues, toda la gloria a su santo nombre, pues a Él le pertenece toda.

III. En tercer lugar, vamos a considerar las distinciones que Dios hace en su Iglesia al repartir los DONES HONORIFICOS. Hay diferencia entre los propios hijos de Dios; cuando éstos son tales. Fijaos en lo que quiero decir: Unos tienen, por ejemplo, el don honorífico del conocimiento en mayor grado que otros. Tropiezo de vez en cuando con un hermano con el que podría hablar durante meses, y aprender algo de él cada día. Posee una profunda experiencia -ha buscado en "lo profundo de Dios"-, toda su vida ha sido un continuo estudio, dondequiera que ha estado. Parece haber sacado sus pensamientos, no de 1os libros meramente, sino de la vida de los hombres, de Dios, de su propio corazón; y conoce todas las vueltas y recodos de la experiencia cristiana: ha comprendido la anchura, lo largo, profundidad y altura del amor de Cristo, que excede a todo conocimiento. Ha conseguido una clara idea e íntimo conocimiento del sistema de la gracia, y puede vindicar la conducta del Señor para con su pueblo. Os encontraréis con otro que ha pasado por multitud de tribulaciones, pero que no tiene un conocimiento profundo de la experiencia cristiana; no aprendió ni un solo secreto en todas sus calamidades. Surgía del barro de una charca para caer inmediatamente en otra, pero nunca se detuvo a recoger alguna de las joyas depositadas en el cieno, ni trató jamás de descubrir las perlas escondidas en sus aflicciones. Conoce muy poco de la altura y la profundidad del amor del Salvador. Podéis charlar con ese hombre tanto como queráis, que no sacaréis de él nada de provecho. Si me preguntáis por qué es esto, os responderé que hay una soberanía de Dios que da el conocimiento a unos y a otros no. Paseando el otro día con un cristiano de edad avanzada, me hablaba de cuánto provecho había sacado de mi ministerio. Nada hay que me haga humillar más que el pensamiento de que un creyente anciano reciba instrucción en los caminos del Señor de un neófito en la gracia. Pero yo espero, cuando llegue a viejo, si es que llego, ser también instruido por algún recién nacido en la fe; porque Dios cierra muchas veces la boca de los mayores y abre la de los niños. ¿Por qué somos maestros de centenares de personas que, en otros aspectos, están mucho más capacitadas para instruirnos a nosotros? La única respuesta que hemos encontrar reside en la soberanía de Dios, y debemos inclinarnos ante ella; porque, ¿no le es lícito a Él hacer lo que quiera con lo suyo? En vez de tener envidia de aquellos que tienen el don del conocimiento, procuremos tenerlo nosotros también, si nos es posible. En lugar de murmurar, protestando por no tener más entendimiento, deberíamos recordar que ni el pie puede decirle a la cabeza, ni la cabeza al pie, no te necesito; porque Dios nos ha dado los talentos como a Él le ha placido. No penséis, cuando hablamos de dones honoríficos, que éstos se reducen solamente al del conocimiento; también el del servicio es un don honorífico. No hay nada más honroso para un hombre que el cargo de diácono o ministro de la Palabra. Engrandecemos nuestro oficio, pero no a nosotros mismos; porque estamos plenamente convencidos de que el desempeñar cualquier cometido en la iglesia es uno de los más grandes honores. Preferiría ser diácono antes que alcalde de Londres. No hay honor más grande para mí que el de ser ministro de Cristo. Mi púlpito me es más apetecible que el más alto trono, y mi congregación es un gran imperio, ante el cual los más grandes reinos de la tierra quedan reducidos a algo sin importancia eterna. ¿Por qué Dios, por medio del Espíritu Santo, llama con especial vocación a unos para que sean pastores, y no a otros? Incluso hay personas mejor dotadas, pero no nos atreveríamos a darles el púlpito, porque no han sido llamadas con esa vocación. Igual ocurre con el diaconado; hombres a los que consideramos los más capacitados son excluidos, mientras otros son escogidos. Es la soberanía de Dios, que también se hace patente en el nombramiento dé los que han de ser utilizados en cualquier cometido -al poner a David sobre el trono, al escoger a Moisés como caudillo de los hijos de Israel por el desierto, y a Daniel para desenvolverse en las esferas palaciegas; al elegir a Pablo como ministro de los gentiles, y a Pedro como apóstol de la circuncisión-. Y los que no habéis recibido ningún don honorífico, meditad humildemente en la verdad y razón de la pregunta del Señor: "¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?" Otro de los dones honoríficos de Dios es el de la expresión. La elocuencia ejerce mayor poder sobre los hombres que todos los demás dones juntos, y si alguno quiere influir sobre las multitudes, deberá tocar sus corazones y encadenar sus oídos. Hay quienes son como vasos llenos de conocimiento hasta los mismos bordes, pero sin recursos para darlos a conocer a los demás; poseen todas las perlas del saber, pero no saben cómo engarzarlas en el dorado anillo de la elocuencia; pueden cortar las más delicadas flores, pero no son capaces de trenzarlas en dulce guirnalda para ofrecerla a los ojos de su amada. ¿Cómo puede ocurrir esto? He aquí la misma e invariable respuesta: la soberanía de Dios también se manifiesta en el reparto de los dones honoríficos. Aprended, hermanos, si tenéis algún don, a poner todo su honor a lo pies del Salvador, y a no murmurar, si no los tenéis; porque, recordad que Dios es igualmente bondadoso tanto cuando retiene como cuando distribuye sus dádivas. Si hay entre vosotros alguno que está encumbrado, que no se envanezca, ni desprecie al humilde, porque Dios da a cada vaso su medida de gracia. Servidle según vuestra medida, y adorad al Rey del cielo que hace según le place.

IV. Consideraremos en cuarto lugar los dones de utilidad. Muchas veces he hecho mal censurando a otros hermanos pastores por no tener más fruto, y he dicho que podían haber sido tan efectivos como yo si hubiesen mostrado mayor celo y diligencia; pero he llegado a comprender que hay otros cuya efectividad no guarda relación, ni mucho menos, con su gran celo y constancia. Por lo tanto, me retracto de mis censuras para afirmar que el don de la utilidad es otra manifestación de la soberanía de Dios. No reside en el hombre tal facultad, sino en Dios. Podemos desplegar tanta actividad como queramos, pero sólo en Él está la virtud de hacernos útiles. Izaremos todas nuestras velas cuando el viento sople, pero no nos es dado el poder levantar ni la más ligera brisa. Vemos también la soberanía Divina en la diversidad de los dones ministeriales. Hay ministros cuya predicación es como mesa servida con ricos y abundantes manjares, mentiras que otros no tienen suficiente para dar de comer a un ratón; siempre que hablan es para censurar y no para alimentar a los hijos de Dios. Hay otros que pueden ofrecer gran consuelo, pero son incapaces de reprender a los que caen; no tienen la suficiente fuerza de espíritu para dar unos cuantos azotes cariñosos que tantas veces son necesarios. Y, ¿cuál es la razón? La soberanía de Dios. Hay algunos, también, que son la antítesis de lo anterior: manejan magníficamente el martillo, pero no saben curar un corazón quebrantado, y si intentaran hacerlo, su efecto sería tan deplorable que os imaginaríais a un elefante tratando de ensartar una aguja. Son buenos para reprender, pero inútiles para aplicar aceite y vino a una conciencia abrasada. ¿Por qué? Porque Dios no les ha dado ese don. Asimismo los hay que sólo predican teología experimental, y muy pocas veces sobre temas doctrinales. Otros son todo doctrina y hablan poco de Cristo crucificado. ¿Por qué, de nuevo? Dios no les ha dado el don de doctrina. Otros -como los de la escuela Hawker- sólo predican a Jesús -¡bendito Jesús!-, y hay quienes se quejan porque no hablan de los problemas de la vida cristiana, porque no entran en detalles sobre la corrupción que experimentan y aflige a los hijos de Dios. Pero no les censuréis por eso. Habréis reparado como de la misma persona unas veces brotan chorros de agua de vida, y otras no podría estar más seco. Por esto, un domingo os marcháis llenos y gozosos, y al siguiente vacíos e indiferentes. Debemos aprender a reconocer y a admirar la mano poderosa de la soberanía de Dios obrando en todo ello. Predicando a una gran muchedumbre, la semana pasada, ocurrió que, en cierto momento de la predicación, la emoción nos embargó a todos y sentí como el poder de Dios estaba con nosotros. Una pobre criatura, movida por el horror de la ira de Dios contra el pecado, clamaba a voz en grito sin poderse reprimir. Aquellas mismas palabras podrán ser pronunciadas de nuevo, con el mismo deseo en el corazón del predicador, y no producir ningún efecto. En las dos ocasiones, pues, debemos atribuirlo a la soberanía divina. La mano de Dios está en todo. ¿Os habéis percatado de que la generación actual es la más impía que haya pisado la tierra? Yo al menos así lo creo. Cuando en tiempos de nuestros padres caía un fuerte aguacero, decían que era Dios quien lo mandaba; oraban pidiendo la lluvia, o el sol, o la bondad de la cosecha; oraban por los pajares cuando se incendiaban, y oraban cuando el hambre azotaba la tierra; nuestros antepasados decían: El Señor lo ha querido. Pero ahora, nuestros filósofos tratan de explicarlo todo, atribuyendo cuantos fenómenos ocurren a causas secundarias. Mas nosotros, hermanos, pensamos que el origen y dirección de todas las cosas pertenecen al Señor y sólo al Señor.

V. Finalmente consideraremos que los DONES CONSOLADORES son de Dios. Cuán reconfortantes son las dádivas que hacen que nos gocemos con las ordenanzas del culto y con un ministerio provechoso. Pero, ¿cuántas iglesias hay que no lo tienen, y por qué nosotros sí? Porque Dios ha hecho la diferencia. Algunos tenéis una fe firme y podéis sonreír ante la adversidad; podéis cantar en todo tiempo, tanto en la tempestad como en la calma. Sin embargo, hay otros con una fe tan flaca que están en peligro de derrumbarse al menor soplo del viento. Unos nacen con un carácter melancólico y, aun en la calma, ven señales de borrasca; otros son de temperamento más alegre y, aunque las nubes sean negras, en cada una de ellas ven una cinta de plata, y son felices. Pero, ¿por qué es esto? Porque los dones consoladores vienen de Dios. Podéis observar que nosotros mismos somos diferentes en determinados momentos de nuestra vida. ¿Por qué ha habido épocas en que hemos podido tener un bendito contacto con el cielo, y nos ha sido permitido el mirar más allá del velo? Y otras veces, sin embargo, ese delicioso placer desaparece repentinamente. ¿Murmuramos por ello? ¿No le es lícito a Él hacer lo que quiere con lo suyo? ¿No puede quitar lo que antes había dado? El consuelo que nosotros tenemos era suyo antes que nuestro. "Y aunque te lo llevaras Yo jamás me quejaría; Que antes que me lo dieras. Sólo Tú lo poseías." No hay gozo del Espíritu, ni bendita esperanza, ni fe fuerte, ni deseo ardiente, ni comunión íntima con Cristo que no sea una dádiva de Dios y que no provenga de Él. Cuando esté en tinieblas y sufra contrariedades, alzaré mis ojos y diré: Él da canciones en la noche; y cuando tenga que gozarme, diré: Mi monte permanecerá para siempre. El Señor es el soberano Jehová, y por tanto, postrado a sus pies estoy, y si perezco pereceré allí. Pero permitid que os diga, queridos hermanos, que esta doctrina de la soberanía divina, lejos de hacer que os sentéis perezosamente, espero que, con la ayuda de Dios, os humille y os lleve a exclamar: "Indigno soy de la más pequeña de todas tus mercedes, y reconozco que tienes derecho a hacer conmigo lo que quieras. Si me aplastas como a un vil gusano, no serás afrentado; no tengo derecho a pedirte que tengas compasión de mí; sólo te ruego que me mires según tu misericordia. Señor, si quieres puedes perdonarme, y jamás diste tu gracia a alguien que la deseara más ardientemente. Lléname del pan del cielo, porque estoy vacío; vísteme de tus ropajes, porque estoy desnudo; dame vida, porque estoy muerto". Si elevas esta plegaria con toda tu alma y con toda tu mente, aunque Jehová es soberano, extenderá su cetro y salvará, y vivirás para adorarle en la hermosura de la santidad, amando y bendiciendo su bondadosa soberanía.
"El que creyere", es la declaración de la Escritura, y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere será condenado." El que creyere en Cristo únicamente y fuere bautizado con agua en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, será salvo; pero el que rechaza a Cristo y no cree en El, será condenado. Éste es el decreto soberano y la proclamación celestial; inclínate a él, reconócelo, obedécele, y Dios te bendiga.

Un sermón predicado el 4 de Mayo de 1856, En la capilla de New Park Street, Southwark, Inglaterra, Por C.H. Spurgeon

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29 dic 2006

La Fe

"Sin fe es imposible agradar a Dios." - Hebreos 11:6.


El Catecismo de la histórica Asamblea pregunta: "¿Cuál es el fin principal del hombre? y su respuesta es: "Glorificar a Dios y gozar de Él para siempre." La respuesta es perfectamente correcta. Aunque también hubiera sido igualmente correcta si hubiera sido más corta. El fin principal del hombre es "agradar a Dios," pues al hacerlo (no necesitamos afirmarlo, porque es un hecho fuera de toda duda), se agradará a sí mismo. El fin principal del hombre en esta vida y en la venidera, así lo creemos, es complacer a Dios su Hacedor. Si un hombre agrada a Dios, hace lo que más le conviene para su bienestar temporal y eterno. El hombre no puede agradar a Dios sin atraer hacia sí mucha felicidad, pues si alguien agrada a Dios, es porque Dios lo acepta como Su hijo.
Esto es así porque Él le otorga las bendiciones de la adopción, derrama en él la abundancia de Su gracia, lo bendice en esta vida y le asegura una corona de vida eterna, que él usará y que brillará con un lustre inagotable, aún cuando todas las guirnaldas de la gloria terrenal se hayan deshecho. Por el contrario, si un hombre no agrada a Dios, inevitablemente atrae hacia sí penas y sufrimiento en esta vida. Coloca gusanos y podredumbre en la puerta de todas sus alegrías. Llena su almohada mortuoria con espinas y aumenta el fuego eterno con carbones llameantes que lo van a consumir eternamente.

El hombre que agrada a Dios, mediante la Gracia Divina, va peregrinando hacia la última recompensa que espera a quienes aman y temen a Dios. Pero el hombre que desagrada a Dios tiene que ser desterrado de la presencia de Dios, y por consiguiente, del goce de la felicidad. Así lo dice la Escritura. Si estamos en lo cierto cuando declaramos que agradar a Dios es ser feliz, entonces la única pregunta importante es ¿cómo puedo agradar a Dios? Y hay algo muy solemne en lo que dice nuestro texto: "Sin fe es imposible agradar a Dios." Es decir, puedes hacer lo que quieras, esforzarte tanto como puedas, vivir de la manera más excelente que quieras, presentar los sacrificios que escojas, distinguirte como puedas en todo aquello que es honorable y de buena reputación; sin embargo nada de esto puede ser agradable a Dios a menos que lleve el ingrediente de la fe. Como dijo Dios a los judíos: "En toda ofrenda ofrecerás sal," así Él nos dice a nosotros: "Con todo lo que haces debes traer fe, pues de lo contrario, sin fe es imposible agradar a Dios."

Esta es una antigua ley. Tan vieja como el primer hombre. Tan pronto como Caín y Abel vinieron al mundo y se convirtieron en hombres, Dios hizo una proclamación práctica de esta ley que "sin fe es imposible agradarle." Caín y Abel, en un día muy soleado erigieron dos altares, uno junto al otro. Caín tomó de los frutos de los árboles y de la abundancia de la tierra y colocó todo sobre su altar. Abel trajo de los primogénitos del rebaño, poniéndolo sobre su altar. Se iba a decidir cuál de los dos sacrificios aceptaría Dios.

Caín había traído lo mejor que tenía pero lo trajo sin fe. Abel trajo su sacrificio, con fe en Cristo. Ahora, ¿cuál sería mejor recibido? Las ofrendas eran iguales en valor; en lo relativo a la calidad, eran igualmente buenas. ¿En cuál de esos altares descendería el fuego del cielo? ¿Cuál consumiría el Señor Dios con el fuego de Su agrado? Oh, veo que la ofrenda de Abel arde y que el semblante de Caín se ha decaído, pues a Abel y su ofrenda Jehová miró con agrado, pero no miró con agrado a Caín ni a su ofrenda.

Así será siempre, hasta que el último hombre sea reunido en el cielo. Nunca habrá una ofrenda aceptable que no esté sazonada con la fe. No importa qué tan buena sea, con la misma buena apariencia de aquella que tiene fe: sin embargo, a menos que la fe esté con ella. Dios nunca la aceptará pues Él declara: "Sin fe es imposible agradar a Dios."

Voy a tratar de condensar mis pensamientos esta mañana y seré tan breve como sea posible siendo a la vez consistente con una explicación completa del tema. Primero voy a exponer lo que es la fe. En seguida voy a argumentar que sin fe es imposible ser salvo. En tercer lugar voy a preguntar: ¿Tienes tú la fe que agrada a Dios? Entonces vamos a tener una exposición, un razonamiento y una pregunta.

I. En primer lugar, LA EXPOSICIÓN. ¿Qué es la fe?

Los antiguos escritores, que eran sumamente sensatos, pues habrán notado que los libros que fueron escritos hace unos doscientos años por los viejos Puritanos, tienen más sentido en una sola línea que el que se encuentra en una página entera de nuestros libros actuales, y contienen más sentido en una sola página que todo el sentido que se puede encontrar en un volumen entero de nuestra teología actual. Los antiguos escritores nos dicen que la fe se compone de tres elementos: primero conocimiento, segundo asentimiento y luego lo que llaman confianza; es decir, apropiarse del conocimiento al cual le damos nuestro asentimiento y lo hacemos nuestro al confiar en Él.

1. Entonces empecemos por el principio. El primer elemento de la fe es el conocimiento. Un hombre no puede creer lo que no conoce. Ese es un axioma claro y evidente. Si yo nunca he escuchado nada acerca de algo en toda mi vida y no lo conozco, no puedo creerlo. Y sin embargo hay algunas personas que tienen una fe como la del minero en una mina de carbón que, cuando le preguntaron en qué creía, respondió: "Yo creo en lo que cree la Iglesia." "Y ¿qué es lo que cree la Iglesia?" El minero responde: "La Iglesia cree lo que yo creo." "Te ruego me digas: ¿Qué creen la Iglesia y tú?" "Pues los dos creemos lo mismo."

Este hombre no creía en nada excepto que la iglesia estaba en lo cierto, pero en qué, él no podía decirlo. Es inútil que un hombre afirme: "soy creyente" y sin embargo no sepa en qué cree. Yo he conocido a personas así. Se ha predicado un violento sermón que ha calentado la sangre. El predicador ha clamado:"¡Creed, creed, creed!" Y a las personas repentinamente se les ha metido en la cabeza que eran creyentes y han salido de la casa de oración exclamando: "soy creyente."

Y si les preguntaran: "¿Díganme en qué creen?" no podrían dar una razón de la esperanza que hay en ellos. Ellos creen que tienen la intención de ir a la iglesia el siguiente domingo. Pretenden unirse a ese tipo de gente. Pretenden cantar con mucha emoción y tener delirios maravillosos. Como consecuencia de todo eso creen que serán salvos. Pero no pueden decir qué es lo que creen. Ahora, no creo en la fe de nadie a menos que conozca lo que cree. Si dice: "yo creo" y no sabe lo que cree, ¿cómo puede ser eso una fe verdadera? El Apóstol dijo: "¿Cómo creerán a aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados?"

Para que haya una fe verdadera, es necesario que un hombre sepa algo de la Biblia. Créanme, esta es una época en la que no se valora tanto la Biblia como antes. Hace unos cien años el mundo estaba saturado de intolerancia, crueldad y superstición. La humanidad siempre corre de un extremo al otro y ahora nos hemos ido al otro extremo. En aquella época se decía: "Sólo una fe es la verdadera, suprimamos todas las demás por medio del tormento y la espada" Ahora se dice, "no importa que nuestros credos se contradigan, todos son válidos." Si usáramos el sentido común sabríamos que esto no es así. Pero algunos responden: "tal y tal doctrina no debe ser predicada y no debe creerse." Entonces, amigo mío, si no requiere ser predicada, no necesitaba ser revelada. Tú impugnas la sabiduría de Dios cuando afirmas que una doctrina no es necesaria; pues equivale a decir que Dios ha revelado algo que no es necesario; y Dios no sería tan sabio haciendo ya sea más de lo necesario, o menos de lo necesario. Nosotros creemos que los hombres deben estudiar toda doctrina que viene de la Palabra de Dios y que su fe debe basarse en la totalidad de las Sagradas Escrituras, especialmente en todo lo relativo a la Persona de nuestro siempre bendito Redentor.

Debe existir un cierto grado de conocimiento antes de que pueda haber fe. "Escudriñad las Escrituras," pues, "porque a vosotros os parece que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de Cristo." Como resultado de escudriñar y de leer viene el conocimiento, y por el conocimiento viene la fe y por la fe viene la salvación.

2. Pero un hombre puede saber algo y sin embargo puede no tener fe. Puede saber algo y no creer en ello. Por consiguiente, el asentimiento debe acompañar a la fe; esto es, debemos creer lo que conocemos y tener la certeza que es la verdad de Dios. Ahora, para tener fe, no solo basta que yo lea las Escrituras y las entienda, sino que debo recibirlas en mi alma como la propia verdad del Dios viviente. Y con devoción y con todo mi corazón debo recibir todas las Escrituras como inspiradas por el Altísimo, conteniendo toda la doctrina que Él requiere que yo crea para mi salvación.

No está permitido dividir las Escrituras y creer sólo aquello que te parezca bien. No se te permite creer las Escrituras a medias, pues si lo haces a propósito, no tienes la fe que únicamente ve a Cristo. La fe verdadera da su total asentimiento a las Escrituras. Toma una página y dice "no importa lo que se encuentre en esta página, yo creo en ella." Pasa al siguiente capítulo y dice: "Aquí hay algunas cosas difíciles de entender que los indoctos y los inconstantes tuercen, tal como lo hacen con el resto de las Escrituras, para su perdición. Pero por muy difíciles que sean, yo creo en ellas."

Considera la Trinidad. No puede entender la Trinidad en Unidad pero cree en ella. Ve el Sacrificio de expiación. Hay algo difícil en ese concepto pero lo cree. Y sea lo que sea que esté contenido en la revelación, besa el libro con devoción y dice:"lo amo todo, doy mi pleno, sincero y libre asentimiento a cada una de sus palabras, así sea una amenaza o una promesa, un proverbio, un precepto, o una bendición." Como todo es Palabra de Dios, todo es absolutamente verdadero. Eso es lo que creo. Todo aquel que quiera ser salvo debe conocer las Escrituras y debe darles su total asentimiento.

3. Pero un hombre puede tener todo esto y sin embargo no tener la fe verdadera. Pues lo principal de la fe radica en el tercer elemento, es decir, en la confianza en la Verdad. No en creerla simplemente pero en hacerla nuestra y en descansar en ella para salvación. Reposar en la verdad era la palabra que utilizaban los viejos predicadores. Comprenderás esta palabra, apoyándose en ella, diciendo: "Esta es la Verdad, a ella confío mi salvación." Ahora, la fe verdadera, en su esencia misma se basa en esto: en apoyarse en Cristo. No me salvará si solamente sé que Cristo es un Salvador. Pero me salvará si confío en Él para que sea mi Salvador.

No seré librado de la ira venidera creyendo que Su expiación es suficiente, pero sí seré salvo cuando haga de esta expiación mi confianza, mi refugio y mi todo. La esencia, la esencia de la fe radica en esto: arrojarse uno sobre la promesa. El salvavidas que permanece a bordo de un barco no puede ser el instrumento de salvación del hombre que se está ahogando, ni tampoco la convicción que el salvavidas es un excelente y un efectivo invento puede salvarlo. ¡No! Es necesario que lo tenga alrededor de sus lomos, o en sus manos. De otra manera se hundirá.

Para usar un viejo y conocido ejemplo: supongamos que el aposento alto de una casa se está incendiando. La gente se arremolina en la calle. Una criatura se encuentra en la habitación en llamas. ¿Cómo escapará? No puede saltar hacia abajo: moriría de inmediato. Un hombre fornido exclama: "¡Salta a mis brazos!" Una parte de la fe es creer que el hombre está allí, y otra parte de la fe es creer que el hombre es lo suficientemente fuerte para sostenerlo. Pero la esencia de la fe radica en arrojarse a los brazos de ese hombre. Esa es la prueba de la fe y su verdadera esencia.

Entonces, pecador, debes saber que Cristo murió por el pecado. Debes comprender que Cristo puede salvar y además debes creer que no serás salvo mientras no confíes en que Él es tu Salvador y que lo es para siempre. Como dice Hart en su himno, que realmente expresa el evangelio:

"Confía en Él, confía plenamente,
No confíes en ningún extraño.
Nadie sino sólo Jesús
Puede hacer bien al pecador desamparado."

Esta es la fe que salva. Y sin importar qué tan impía haya sido tu vida hasta ahora, esta fe, si te es dada en este momento, borrará todos tus pecados, cambiará tu naturaleza y te hará un hombre nuevo en Cristo Jesús. Te conducirá a vivir una vida santa y hará tu salvación eterna tan segura como si un ángel te llevara esta mañana en sus resplandecientes alas y te transportara de inmediato al cielo. ¿Tienes tú esa fe? Esta es una pregunta de suma importancia. Pues mientras que con fe los hombres son salvos, sin fe son condenados.

Como ha dicho Brooks en uno de sus admirables trabajos: "Aquél que cree en el Señor Jesucristo será salvo, aun si sus pecados son muchos. Pero aquél que no cree en el Señor Jesús será condenado, aun si sus pecados son pocos. ¿Tienes tú fe? Pues el texto declara "Sin fe es imposible agradar a Dios."

II. Ahora llegamos al ARGUMENTO: por qué sin fe, no podemos ser salvos.

Pues bien, hay algunos caballeros aquí presentes que dicen: "Ahora veremos si el señor Spurgeon posee algo de lógica. No, señores, no lo harán, porque nunca he pretendido ejercitarla. Espero tener la lógica que pueda hablar al corazón de los hombres. No me inclino a usar la lógica mental que es mucho menos poderosa si puedo ganar el corazón de los hombres de otra manera. Pero si fuera necesario, no me daría miedo demostrar que conozco más de lógica y de muchas otras cosas que los hombrecillos que se toman la molestia de censurarme. Sería bueno si supieran controlar sus lenguas, pues esto es al menos, una parte fina de la retórica.

Mi argumento será tal que confío en hablar al corazón y a la conciencia, aunque no agrade exactamente del todo a aquellos que gustan de los silogismos.

"Quién pudiera dividir un cabello, partiéndolo
Entre su lado oeste y su lado noroeste."

1. "Sin fe es imposible agradar al Dios." Nunca ha habido un caso registrado en la Escritura, de alguien que haya agradado a Dios sin fe. El capítulo 11 del Libro de Hebreos es el capítulo de los hombres que agradaron a Dios. Escuchen sus nombres: "Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio." "Por la fe Enoc fue traspuesto." "Por la fe Noé preparó el arca." "Por la fe Abraham obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia." "Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida." "Por la fe Sara dio a luz a Isaac." "Por fe ofreció Abraham a Isaac."

"Por fe Moisés rehusó los tesoros de los egipcios." "Por fe bendijo Isaac a Jacob." "Por fe Jacob bendijo a cada uno de los hijos de José." "Por fe José, moribundo, se acordó de la partida de los hijos de Israel." "Por fe pasaron el Mar Rojo como por tierra seca." "Por fe cayeron los muros de Jericó." "Por fe Rahab la ramera no pereció." "¿Y qué más digo? Porque el tiempo me faltaría contando de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté, de David, así como de Samuel y de los profetas."

Todos estos fueron hombres de fe. Otros que son mencionados en la Escritura, también hicieron algo. Pero Dios no los aceptó. Algunos hombres se han humillado y sin embargo Dios no los ha salvado. Así lo hizo Acab, pero sus pecados no fueron perdonados nunca. Muchos hombres se han arrepentido y sin embargo no han sido salvos, porque su arrepentimiento no fue correcto. Judas se arrepintió, fue y se ahorcó y sin embargo no fue salvo. Algunos hombres han confesado sus pecados y no han sido salvos. Saúl lo hizo. Le dijo a David: "He pecado, hijo mío, David." Y sin embargo continuó como antes.

Multitudes han confesado el nombre de Cristo y han hecho muchas cosas maravillosas y sin embargo nunca agradaron a Dios, por esta sencilla razón: no tuvieron fe. Y si no hay ni uno sólo mencionado en la Escritura, que es la historia de unos cuatro mil años, no parece probable que en los otros dos mil años de la historia de la humanidad hubiese habido uno, cuando no hubo ni uno sólo en los primeros cuatro mil años.

2. El siguiente argumento es que la fe es la gracia que somete y no hay nada que pueda hacer que un hombre se someta sin fe. Ahora a menos que una persona se humille, su sacrificio no puede ser aceptado. Los ángeles lo saben. Cuando adoran a Dios lo hacen cubriendo sus rostros con sus alas. Los redimidos lo saben. Cuando alaban a Dios arrojan sus coronas a Sus pies. El hombre que no tiene fe da pruebas que no puede inclinarse. Por esta razón es que no tiene fe: porque es demasiado orgulloso para creer. El declara que no someterá su mente, que no se convertirá en un niño creyendo mansamente lo que Dios le dice que debe creer.

Él es demasiado orgulloso y no puede entrar al cielo, porque la puerta del Cielo es tan baja que nadie puede pasar por ella a menos que incline la cabeza. Nunca hubo un hombre que pudiese caminar de manera erecta hacia la salvación. Debemos ir hacia Cristo de rodillas. Pues aunque Él es una puerta lo suficientemente grande para que el mayor de los pecadores pueda entrar, Él es una puerta tan baja que los hombres tienen que inclinarse si quieren ser salvos. Por eso es que la fe es necesaria, pues la incredulidad es una evidencia cierta de falta de humildad.

3. Y ahora más razones. La fe es necesaria para la salvación porque la Escritura nos enseña que las obras no pueden salvar. Les contaré una historia muy conocida para que el más sencillo de mis lectores pueda entender lo que digo: un ministro salió a predicar un día. Subió una colina que se encontraba en su camino. Al pie de esa colina se desplegaban unos pueblos, adormecidos en su belleza, rodeados de dorados cultivos inmóviles bañados por el sol. Pero él no los pudo ver pues su atención se concentró en una mujer que se encontraba a la puerta de una casa que, al verlo, se acercó a él muy ansiosa y le dijo: "Señor, ¿tiene usted alguna llave que pudiera prestarme? Se me rompió la llave de mi armario, donde hay cosas que necesito urgentemente."

Él ministro respondió: "No traigo ninguna llave." La señora se sintió frustrada pues pensaba que todo el mundo debía traer llaves consigo. "Pero aun suponiendo," dijo el ministro, "que tuviera unas llaves, podría ser que no funcionaran en su cerradura y por tanto no podría sacar los objetos que quiere. Pero no se desespere, alguien vendrá con una llave. Pero," dijo él, tratando de aprovechar la ocasión, "¿alguna vez ha oído hablar acerca de la llave del Cielo?" "Pues sí" dijo ella, "he vivido lo suficiente y he asistido a la iglesia lo suficiente para saber que si trabajamos duro, si conseguimos el pan mediante el sudor de nuestra frente y si actuamos de manera correcta con nuestro prójimo. Si nos comportamos como dice el Catecismo, con humildad y reverencia hacia nuestros superiores y si cumplimos con nuestro deber en el lugar de la vida en que Dios ha querido colocarnos y si oramos con regularidad, seremos salvos."

"Ah," dijo el ministro, "Mi buena señora, esa es una llave rota, pues usted ha quebrantado los Mandamientos, no ha cumplido con sus obligaciones. Es una buena llave pero usted la ha roto." "Le ruego, señor" dijo ella, creyendo que él entendía el asunto y sintiéndose asustada, "¿Qué he omitido?" Dijo él: "pues lo más importante de todo. La sangre de Jesucristo. ¿Acaso no sabe usted, que la llave del reino se encuentra en Su cinturón? Él abre y nadie cierra. Y Él cierra y nadie abre." Y explicándole más claramente, dijo: "Es Cristo y sólo Cristo Quien puede abrir la puerta del Cielo para usted. No sus buenas obras."

"¿Qué?" dijo ella, "¿son acaso inútiles nuestras buenas obras?" "No," dijo él "no después de la fe. Si usted primero cree, usted podrá tener tantas buenas obras como quiera. Pero si usted cree, nunca confiará en ellas. Pues si confiara en las buenas obras las habría corrompido y ya no serían buenas obras. Tenga tantas buenas obras como quiera, pero deposite su confianza en nuestro Señor Jesucristo. Si no lo hace así, su llave nunca abrirá la puerta del Cielo."

4. Pues bien, queridos lectores, debemos tener fe verdadera, porque la vieja llave de las buenas obras está tan dañada por todos nosotros que nunca podremos entrar al Paraíso utilizando esa llave. Si alguno de ustedes pretende no tener pecado, lo diré con sinceridad, se engaña a sí mismo y la Verdad no está en él. Si ustedes piensan que mediante sus buenas obras van a entrar al Cielo, no podrían estar más engañados. En el último gran día ustedes se darán cuenta que sus esperanzas no valían nada y que como las hojas secas de los árboles en otoño, el viento se llevará todas sus buenas obras. O serán quemadas por las mismas llamas que ustedes deberán sufrir eternamente. ¡Cuídense de sus buenas obras! Háganlas después de la fe y recuerden, el camino a la salvación es simplemente creer en Jesucristo.

Otra vez: sin fe es imposible ser salvos y agradar a Dios porque sin fe no hay unión con Cristo. Y la unión con Cristo es indispensable para nuestra salvación. Si yo llego ante el Trono de Dios con mis oraciones, nunca serán contestadas a menos que lleve a Cristo conmigo. Los habitantes de un antiguo reino (los molosos), cuando no podían obtener un favor de su rey, empleaban un método muy singular. Tomaban al único hijo del rey en sus brazos y cayendo de rodillas, exclamaban: "Oh, rey, por tu hijo, concédenos lo que te pedimos."

Él rey sonreía y decía: "¡No niego nada a aquellos que me piden algo en nombre de mi hijo!" Así es con Dios. Él no negará nada al hombre que viene del brazo de Cristo. Pero si viene sólo, será echado fuera. La unión con Cristo es, después de todo, el principal punto de la salvación. Permítanme contarles una historia para explicar esto: las estupendas Cataratas del Niágara son famosas en todas partes del mundo. Y aunque es maravilloso escuchar su estruendo y son un magnífico espectáculo, han sido sumamente peligrosas para la vida humana, especialmente cuando de manera accidental alguien es arrastrado por sus aguas.

Hace algunos años, dos hombres, un lanchero y un obrero de las minas de carbón, iban en un bote y fueron arrastrados de manera vertiginosa por la corriente y ambos inevitablemente caerían al abismo y serían despedazados. Unas personas en la orilla los vieron pero nada podían hacer para rescatarlos. Finalmente, a uno de los dos hombres le lanzaron una cuerda, a la cual él se aferró. En el mismo instante en que la cuerda llegó a su mano, un tronco pasó flotando cerca del otro hombre. El imprudente y confundido barquero en vez de tomar la cuerda que ya tenía su compañero, se agarró del tronco. Fue un error fatal. Ambos estaban en peligro inminente pero el compañero fue arrastrado a la orilla porque pudo sujetarse a la cuerda que las personas que estaban en tierra firme sostenían, mientras que el otro, asido al tronco, fue arrastrado irremediablemente y nunca más se supo de él.

¿No ven en esto una ilustración práctica? La fe nos une a Cristo. Cristo está en la orilla, sosteniendo la cuerda de la fe y si nosotros nos aferramos a ella con la mano de la confianza, Él nos sacará a la orilla. Pero nuestras buenas obras sin ningún vínculo con Cristo son arrastradas hacia el abismo de la más terrible desesperación. No importa que tan fuerte nos agarremos a esas obras, aún con garfios de acero, no nos podrán salvar en lo más mínimo. Seguramente han visto lo que quiero mostrarles. Algunos ponen objeciones a las anécdotas. Yo las seguiré usando hasta que se cansen de poner objeciones.

La verdad nunca es proclamada con más poder a los hombres que cuando se les dice, como Cristo lo hizo, una historia de cierto hombre con dos hijos, o la de cierto propietario que salió de viaje y dividió su fortuna y dio a uno diez talentos y al otro uno. La fe entonces, es la unión con Cristo. Traten de alcanzarla. ¡Pues si no, aferrados a sus obras se los llevará la corriente! ¡Abrácense a sus obras y se hundirán en el abismo! ¡Perdidos porque sus obras no están unidas a Cristo y no tienen vínculo alguno con el bendito Redentor!

Pero tú, pobre pecador, cargado con todo tu pecado, si la cuerda rodea tu cuerpo y Cristo la sostiene, no temas:

"Su honor está comprometido a salvar
A la peor de sus ovejas.
Todo lo que Su Padre Celestial le dio
Sus manos ciertamente sujetarán."

5. Sólo un argumento más y habré terminado. "Sin fe es imposible agradar a Dios." Porque sin fe es imposible perseverar en la santidad. ¡Qué multitud de cristianos de conveniencia tenemos hoy en día! Muchos cristianos se parecen a algunos habitantes del mar, que en buen clima navegan en la superficie del mar en un espléndido escuadrón, como los poderosos barcos. Pero en el mismo instante en que el viento forma olas, bajan las velas y se hunden en las profundidades.

Muchos cristianos actúan de esa manera. En buena compañía, en los salones evangélicos, en hogares cristianos, en salones píos, en las capillas y en las sacristías, son tremendamente religiosos. Pero si se les expone a un poco de ridículo, si alguien se ríe burlonamente y les llama Metodistas, Presbiterianos, o algo parecido, ahí se acaba su religión hasta el próximo día bueno. Después cuando el día es agradable otra vez y la religión les útil para sus propósitos, nuevamente despliegan las velas y vuelven a ser piadosos como antes.

Créanme, ese tipo de religión es peor que la falta de religión. Aprecio mucho a un hombre que es cabal: un hombre íntegro. Y si algún hombre no ama a Dios, no le permitan que diga que sí lo ama. Pero si es un verdadero cristiano, un seguidor de Jesús, que lo diga y que lo mantenga. No hay por qué avergonzarse de ello. De lo único que debemos avergonzarnos es de la hipocresía. Seamos honestos cuando profesemos nuestras creencias y eso será nuestra gloria. ¿Ah, qué harían sin fe en tiempos de persecución? ¿Ustedes gente buena y piadosa sin fe, qué harían si la horca fuera levantada nuevamente en Smithfield y si una vez más la hoguera consumiera a los santos convirtiéndolos en cenizas?

¿Qué harían si abrieran nuevamente la cárcel para los Lolardos, esos antiguos reformadores? ¿O si los instrumentos de tortura fuesen usados nuevamente? ¿Qué harían si el cepo fuese utilizado, como ya ha sido usado por una iglesia Protestante en el pasado, dando testimonio de esto la persecución en contra de mi predecesor Benjamín Keach, que fue puesto en el cepo en Aylesbury por escribir un libro sobre el bautismo infantil? ¡Aun si la forma más benigna de persecución reviviese, cómo se dispersaría la gente hacia todas partes! Y algunos pastores abandonarían sus rebaños.

Una anécdota más, que confío les haga ver la necesidad de la fe, y que me conduce a la última parte de mi discurso. Una vez, un americano que poseía esclavos, en ocasión de la compra de un esclavo, le preguntó al vendedor: "Dígame honestamente cuáles son sus defectos." El vendedor respondió: "No tiene ningún defecto que yo sepa, excepto uno, y es que ora." Ah," exclamó el comprador, "eso no me gusta, sé de algo que lo curará muy pronto de ese mal."

Así que a la siguiente noche Cuffey (así se llamaba el esclavo) fue sorprendido en la plantación por su nuevo amo mientras oraba pidiendo por su nuevo dueño, su esposa y su familia. El hombre escuchó y por el momento no dijo nada. Pero a la mañana siguiente llamó a Cuffey y le dijo:"No quiero discutir contigo, hombre, pero no aceptaré oraciones en mi propiedad. Así que abandona esa práctica." "Mi amo," respondió él esclavo, "No puedo dejar de orar. Yo debo orar." "Si insistes en orar te enseñaré a hacerlo."

"Mi amo, debo continuar haciéndolo." "Bien, entonces te daré veinticinco azotes cada día, hasta que dejes de hacerlo." "Mi amo, aunque me azotes cincuenta veces, debo orar." "Pues si con esa insolencia respondes a tu amo, los recibirás de inmediato." Así que atándolo, le propinó veinticinco azotes y le preguntó si iba a orar de nuevo. "Sí, mi amo, debemos orar siempre, no podemos dejar de hacerlo." El amo lo miró asombrado. No podía entender cómo un pobre hombre podía continuar orando, cuando parecía no hacerle ningún bien y sólo le traía persecución. Le contó a su esposa lo sucedido.

Su esposa le dijo: "¿Por qué no permites que el pobre hombre ore? Cumple muy bien con su trabajo. A ti y a mí no nos interesa el tema de la oración, pero no hay nada de malo en dejarlo orar, sobre todo si continúa haciendo bien su trabajo." "Pero a mí no me gusta," respondió el amo. "Me he espantado tremendamente. ¡Si hubieras visto cómo me veía!" "¿Estaba enojado?" "No, eso no me hubiera molestado. Pero después de haberlo azotado, me miró con lágrimas en los ojos como si tuviera más lástima de mí que de él mismo." Esa noche el amo no pudo dormir. Daba vueltas en la cama de un lado a otro. Recordó sus pecados.

Recordó que había perseguido a un santo de Dios. Saltando de su cama exclamó "¿Esposa, puedes orar por mí?" "Nunca he orado en mi vida" respondió ella, "No puedo orar por ti." "Estoy perdido," dijo él, "si alguien no ora por mí. Yo no puedo orar por mi mismo." "No conozco a nadie en la plantación que sepa orar, excepto a Cuffey," dijo la esposa. Hicieron sonar la campana y trajeron a Cuffey. Tomando la mano de su sirviente negro, el amo dijo: "Cuffey, ¿puedes orar por tu amo?" "Mi amo" respondió el esclavo, "he estado orando por ti desde que mandaste azotarme y tengo la intención de seguir haciéndolo siempre."

Cuffey se arrodilló y derramó su alma en lágrimas y tanto la esposa como el marido fueron convertidos. Ese negro no hubiera podido hacer esto sin fe. Sin fe no hubiera podido sostener su decisión, y hubiera exclamado: "Mi amo, en este momento dejo de orar. No me gusta el látigo del hombre blanco." Pero debido a que perseveró por su fe, El Señor lo honró y le dio el alma de su amo en recompensa.

III. Y ahora como conclusión, LA PREGUNTA, la pregunta vital. Querido lector: ¿tienes fe? ¿Crees en el Señor Jesucristo con todo tu corazón? Si es así puedes confiar en que eres salvo. Sí, puedes concluir con absoluta certeza que nunca verás la perdición. ¿Tiene fe? ¿Te ayudo a responder esta pregunta? Voy a someterte a tres pruebas, por cierto muy breves, para que no te canses, y luego nos despedimos.

Quien tiene fe ha renunciado a su justicia propia. Si pones un átomo de confianza en ti mismo no tienes ninguna fe. Si pones una partícula de confianza en cualquier otra cosa que no sea la obra de Cristo, no tienes fe. Si confías en tus obras, estas obras son anticristo y Cristo y el anticristo no pueden estar juntos. Para Cristo es todo o nada. Él debe ser el Salvador suficiente o no lo será en lo absoluto. Si tienes fe, entonces puedes decir:

"Nada traigo en mis manos,
Simplemente a la Cruz me aferro.

La fe verdadera puede ser reconocida por esto: expresa una gran estimación por la Persona de Cristo. ¿Amas a Cristo? ¿Darías tu vida por Él? ¿Buscas servirle? ¿Amas a Su pueblo? Puedes decir:

"Jesús amo tu nombre encantador,
Es música para mi oído."

Oh, si no amas a Cristo, no crees en Él. Pues creer en Cristo engendra amor. Y aún más: aquél que tiene fe verdadera tendrá sumisión verdadera. Si un hombre dice tener fe y no tiene obras, miente. Si alguien declara que cree en Cristo y no vive una vida santa, miente.

Pues aunque no confiamos en las buenas obras, sabemos que la fe siempre engendra buenas obras. La fe engendra la santidad. Y no se tiene al que engendra si no se ama al hijo. Las bendiciones de Dios son dadas con ambas manos, son dobles. Con una mano Él otorga el perdón. Con la otra mano siempre da la santidad. Y ningún hombre puede tener una bendición sin la otra.

Y ahora, mis queridos lectores, ¿me debo poner de rodillas e implorarles en el nombre de Cristo que conteste cada quien esta pregunta en el silencio de su habitación: Tienes fe? Oh, responde: ¿sí o no? Por favor, no digas "no sé" o "no me importa." Ah, te va importar un día, cuando la tierra tiemble y el mundo se sacuda de un lado a otro. Te importará cuando Dios te llame a juicio y condene a los incrédulos y a los impíos. Oh, que fueras sabio; que te importara ahora y si alguno de ustedes siente que necesita a Cristo, se lo ruego, en el nombre de Jesús, que busque la fe en Él que es exaltado en las alturas, para dar arrepentimiento y remisión de los pecados y quien, si te ha dado el arrepentimiento, también te dará las remisión de los pecados.

¡Oh, pecadores que conocen sus pecados! "Crean en el Señor Jesús y serán salvos." Descansen en Su amor y en Su sangre, en Su obra y en Su muerte, en Sus sufrimientos y en Sus méritos. Y si lo hacen así, no caerán jamás sino que serán salvos ahora y serán salvos en ese gran día cuando no ser salvo será terrible en verdad.

"Convertíos, convertíos; ¿por qué moriréis, casa de Israel?" Descansen en Él, toquen el borde de su manto y serán salvos. Que Dios los ayude a hacerlo así. Por Cristo nuestro Señor. Amén, Amén.





TodoGospel

Vuestros Cabellos están Todos Contados

"Pues aun vuestros cabellos están todos contados." -- Mateo 10: 30.

Es muy deleitable ver cuán familiarmente nuestro Señor Jesús hablaba con sus discípulos. Él era grandioso, y sin embargo, estaba entre ellos como el que servía; Él era muy sabio, pero era tierno como lo es una niñera con los niños a su cuidado; Él era muy santo, y muy por encima de las debilidades cargadas de pecado de ellos, pero condescendía con los hombres de baja condición; Él era su Dios y Señor, pero era también su amigo y su siervo. Él hablaba con ellos no como un superior dominante, sino como un hermano lleno de ternura y simpatía. Ustedes saben cuán dulcemente Él les dijo una vez: "si así no fuera, yo os lo hubiera dicho"; y así demostró que no les había ocultado nada que fuera provechoso para ellos. Les descubrió Su corazón totalmente: Su secreto estaba con ellos. Los amó con sumo amor, y encauzó el río pleno de Su vida para que fluyera en provecho de ellos.

Ahora, en este capítulo, si lo leen en casa, verán cuán sabiamente el Señor Jesús trata con sus temores. Él se preocupa para que ellos no tengan temor; está ansioso para que ellos no estén ansiosos; así que habla con ellos como un amigo muy tierno hablaría a una persona muy nerviosa (algún hermano o hermana de mente débil) y habla de tal manera que si ellos no hubiesen sido consolados, quiere decir con certeza que de manera voluntaria rechazaban el consuelo.

Él les dice: "Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno. ¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos."

Hermanos, admiren la ternura de nuestro Señor Jesús, e imítenla. Tratemos de ser igualmente amables con nuestros hermanos en Cristo: nunca tratemos de presumir, ni de darnos importancia, ni de ostentar la fuerza de nuestra fe, pues eso agraviará a los tiernos pequeñitos, y los reducirá al auto-vituperio.

Consideremos su debilidad, y la ayuda que podamos brindarles; su aflicción, y el consuelo que podamos proporcionarles. Jesús mismo fue un Consolador, pues de lo contrario no hubiera podido hablar de "otro Consolador"; y así, seamos consoladores en nuestra medida, siguiendo Sus pasos.

Esto me recuerda, también, que debo mencionar cuán sencillas eran las conversaciones del Salvador con Sus discípulos, consecuentes con este deseo de confortar sus corazones. ¡He pensado a menudo que Él hablaba justo de la manera en que cualquiera de nosotros habla a nuestros hijos cuando deseamos alentarlos! No hay nada relativo al lenguaje del Salvador que te lleve a decir: "¡qué grandioso discurso! ¡Cuán buen orador es! ¡Qué bien habla! Si alguien te hace decir eso de Él, puedes sospechar que anda un poco perdido. Esa persona está olvidando el verdadero objeto de una mente amorosa, y está buscando ser un conferencista, y quiere impresionar a la gente con la idea que está diciendo algo verdaderamente maravilloso, y que lo está diciendo de manera grandilocuente.

El Salvador ignoraba toda idea de usar una expresión maravillosa cuando trataba de expresar el significado de la manera más sencilla posible. Él buscaba el camino más corto para alcanzar los corazones de quienes lo escuchaban, y no le importaba para nada si las flores crecían a la orilla del camino o no. Por esta razón no hay elocuencia como la elocuencia de Jesús: hay un estilo de majestuosa sencillez en Él que es totalmente propia, y en esto radica Su sublimidad inigualable.

De vez en cuando reviso citas de libros, y veo que los nombres de los autores están colocados al pie de las referencias. Pero cada vez que observo que el nombre de Cristo es colocado debajo de una cita, lo considero como algo superfluo que debería eliminarse; pues nunca hay el temor de confundir el lenguaje del Hijo de Dios con el de cualquiera de los hijos de los hombres. Él tiene Su propio estilo. Esto, sin embargo, es incidental al propósito que se tiene; pues Él no estudia el estilo de la retórica en ningún grado, sino simplemente tiene por objetivo transmitir Su pensamiento.

Por eso Él habla con palabras muy sencillas, tales como las de nuestro texto: "Pues aun vuestros cabellos están todos contados." Los hombres que son grandes y estudiosos no hablarían acerca de los cabellos de tu cabeza; todo su discurso es acerca de las nebulosas y de las estrellas, las eras geológicas y los fósiles, la evolución y la solidaridad de la raza, y no sé qué otras cosas más. Ellos no se inclinarían ante las cosas comunes; ellos deben decir algo grandioso, sublime, deslumbrante, brillante, lleno de fuegos artificiales. El Señor está tan lejos de todo esto como lo están los cielos del dosel más llamativo que jamás haya engalanado el trono de algún mortal. Él habla en lenguaje sencillo porque Él se siente en casa; El habla el lenguaje del corazón porque Él es todo corazón, y quiere alcanzar los corazones de aquellos que le escuchan. Les recomiendo este texto por esa razón, además de muchas otras. "Pues aun vuestros cabellos están todos contados."

Reflexionando sobre estas palabras, parecen contener cuatro elementos por lo menos, y podemos adoptar cuatro perspectivas de su significado: y la primera es predeterminación: "Pues aun vuestros cabellos (han sido, en la traducción propuesta por Spurgeon) están todos contados." Encontrarán que esa traducción es una versión más precisa del texto que la versión que tenemos ante nosotros. El verbo no está en presente, sino en el tiempo pluscuamperfecto. Aun vuestros cabellos han sido todos contados antes que los mundos fueran creados.

En segundo lugar, veo en el texto conocimiento. Esto es muy claro: Dios conoce a Su pueblo de tal manera que aun los cabellos de sus cabezas están todos contados por Él. En tercer lugar hay aquí valoración: Él estima de manera tan elevada a Sus propios siervos, que de ellos se dice: "aun vuestros cabellos están todos contados." Ustedes son tan preciosos que la más pequeña porción de ustedes es preciosa; el Rey conserva un registro de cada parte de ustedes, "Pues aun vuestros cabellos están contados." Y, por último, aquí hay de manera muy evidente preservación. El Salvador les ha estado diciendo que no teman a los que pueden matar el cuerpo, pero que son incapaces de destruir el alma. Él dice que Dios los preserva. En otro lugar les había dicho a Sus discípulos, "Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá," y Él quiere significar lo mismo en este caso; habrá una preservación perfecta de Su pueblo. "Pues aun vuestros cabellos están todos contados."

I. Vamos, pues, al primer punto. Aquí hay PREDETERMINACIÓN. "Pues aun vuestros cabellos están todos contados." La mayoría de los cristianos cree en la providencia de Dios, pero no todos los cristianos están preparados para seguir la verdad que implica. Ellos aparentan creer que hay una providencia que gobierna sobre todo, pero parecen haber olvidado que siempre hubo esa providencia, y que la providencia debe ser, después de todo, un asunto de predeterminación divina. Dios debe haber previsto, o de lo contrario no podría haber provisto, pues "providencia" es, después de todo, previsión; y la provisión que hace Dios no es sino el resultado de su visión anticipada de tal y tal cosa que es necesaria para nosotros. Ver anticipadamente debe pertenecer esencialmente a cualquier providencia verdadera y real.

¿Cuán lejos llega la visión anticipada de Dios? Nosotros creemos que se extiende al hombre entero y a todo lo relacionado a él. Dios ordenó desde tiempos antiguos cuándo deberíamos nacer, y dónde, y quiénes iban a ser nuestros padres, y cuál sería nuestra suerte en la infancia, y cuál iba a ser nuestro camino en la juventud, y cuál sería nuestra posición al llegar a la edad adulta. Desde el principio hasta el fin todo ha ocurrido de acuerdo al propósito divino, conforme fue ordenado por la voluntad divina.

No solamente el hombre, sino todo lo concerniente al hombre, es predeterminado por el Señor: "pues aun vuestros cabellos," es decir, todo lo que tenga que ver contigo, que entre en cualquier tipo de contacto contigo, y que sea en algún sentido parte y porción de ti, está bajo la previsión divina y la predestinación. Todo está en el propósito divino, y ha sido ordenado por la sabiduría divina: todos los eventos de tu vida, ciertamente los más grandes, pero con igual certeza también los más pequeños.

Es imposible dibujar una línea de separación en la providencia, y decir: esto está arreglado por la providencia, y esto no. La providencia debe abarcarlo todo, todo lo que ocurre; no solamente determina el movimiento de una estrella, sino que incluye al grano de polvo que es soplado por el viento del camino. Todo esto, por la propia naturaleza del tema, es claro. La providencia de Dios no sabe de cosas que son tan pequeñas como para estar más allá de su conocimiento, ni de cosas que son tan grandes como para estar más allá de su control. Nada es demasiado pequeño o demasiado grande para que Dios lo gobierne y lo domine.

Todo lo que un hombre experimenta es también ordenado desde el cielo; si los cabellos de tu cabeza se tornan blancos en una sola noche de aflicción, es porque ha habido un permiso divino. Si conservas la vida hasta que cada cabello constituya una parte de la corona de gloria de tu ancianidad, no llegarás a ser más viejo de lo que Dios quiera. No morirás antes de que te corresponda, ni vivirás más allá del límite establecido. Yo digo que todo lo que te concierne, de principio a fin, todo lo que sea de ti, y en ti, y alrededor de ti:


"Todo viene, y permanece, y termina,
Conforme le plazca a tu Amigo celestial."

"Pues aun vuestros cabellos están todos contados."

Y yo quiero llamar tu atención a esta pregunta: ¿cuál es la fuente de esta numeración? No quiere decir que todos estén contados por algún ángel registrador a quien se le ha asignado la tarea de contar. Eso puede ser, pero no es eso lo que debemos considerar hoy. Quien lleva la cuenta es vuestro Padre que está en el cielo. Las ordenanzas que gobiernan la vida de ustedes están es Su mano: a Él pertenecen los temas de la muerte; y esto la convierte en un hecho feliz. El destino es duro y cruel; pero la predestinación es paternal, y sabia, y amable. Las ruedas de la providencia siempre son altas y terribles; pero están llenas de ojos, y esos ojos ven con una clara visión de sabiduría, y justicia, y amor, y miran al bien de aquellos que aman a Dios, y que son los llamados de acuerdo a Su propósito.

Es cierto que es terrible pensar que las cosas son fijadas por un plan eterno; pero el terror desaparece cuando sentimos que somos hijos de este Padre grandioso, y que Él no quiere nada sino aquello que al fin va a lograr nuestra conformidad a la imagen de Su Hijo, y mostrar la gloria de Su propia justicia, y gracia, y verdad.

¡Querido amigo, tal vez tú estás ciego! Sentirás un dulce contento en la oscuridad cuando puedas decir: "Esta ceguera fue determinada por mi amante Padre tierno; yo sé que fue así, puesto que aun los cabellos de mi cabeza están todos contados." O puede ser que desde tu niñez has estado sometido a otra enfermedad física, que te ha costado mucho dolor y grandes limitaciones, y aún ahora amenaza con llevarte súbitamente a la tumba. Si esta cruz hubiera sido puesta sobre ti por un enemigo, te habrías quejado, pero ha sido ordenada para ti por Aquél que no puede ser injusto ni cruel; por tanto debes decir: "Jehová es; haga lo que bien le pareciere." Se nos ha enseñado que oremos, "Hágase tu voluntad." ¿Acaso vamos a contradecir nuestras propias oraciones dando coces contra esa voluntad?

Job glorificó a Dios, y sin embargo no dijo sino lo que tenía que decir cuando afirmó, "Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito." Siempre he admirado a Job porque atribuyó todas sus aflicciones al Señor; porque aparentemente fueron los sabeos los que tomaron los bueyes y las asnas; fueron los caldeos los que se llevaron sus camellos; fue un gran viento que vino del lado del desierto, levantado por el diablo, el que arrebató a sus hijos. A Job no le importan tanto los sabeos, ni los caldeos, ni los demonios, como para mencionarlos; pero él clama, mirando a la Primera Causa de todos los eventos, "Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito."

Cuando podemos alcanzar el fondo de las cosas visibles, y ver, no simplemente los títeres, sino también los hilos que los mueven, entonces nos acercamos a la sabiduría. Los seres malvados actúan de acuerdo a su propio libre albedrío, y por lo tanto todo el mal moral de sus acciones descansa plenamente y únicamente en ellos mismos; pero el Dios grandioso, misteriosamente, totalmente limpio de toda complicidad con el pecado humano, ejecuta Sus propios propósitos, que siempre son buenos y justos.

Él es quien del mal, real o supuesto, todavía produce bien, y mayor bien, y mayor bien, en progresión infinita. Yo digo que cuando llegamos a esta Primera Fuerza y fuente real de poder, entonces llegamos adonde aprendemos sabiduría, y recibimos ayuda en las luchas de la vida. Cuando vemos que todas las cosas son arregladas por Aquél que ordenó todas las cosas de conformidad al consejo de Su propia voluntad, entonces inclinamos nuestras cabezas y adoramos.

El resultado práctico de todo esto para el cristiano debe ser simplemente este, "Si esto es así, que todas las cosas en mi vida son ordenadas por Dios, inclusive los cabellos de mi cabeza, entonces debo aprender sumisión; voy a inclinarme ante la Voluntad Suprema que debe cumplirse siempre. Aunque me cueste una lágrima, y muchos dolores, sin embargo nunca voy a estar contento hasta que pueda decir, 'Padre, hágase tu voluntad.'"

La naturaleza humana nos impulsa a pedir que, si es posible, pase de nosotros esta amarga copa; pero la naturaleza divina, que Dios ha puesto en Sus verdaderos hijos, les ayuda a luchar todavía después de la plena sumisión, hasta que al fin se convierten en conquistadores de sí mismos, y Dios es glorificado en el templo de su ser.

Hermanos míos, estoy seguro que nuestra felicidad radica en gran medida en nuestra sumisión completa al Señor nuestro Dios. Si no puedes traer tu condición a tu mente, lleva tu mente a tu condición. El viejo proverbio nos invita a cortar nuestro traje de acuerdo a nuestra tela, y aquel que pueda cubrir su mente con los vestidos que la providencia le ha asignado, no necesita envidiar los trajes del alcalde de Londres.

El gozo está más en la mente que en el lugar o en la posesión. Quien tiene suficiente, aunque sólo sean unos cuantos pesos a la semana, tiene mucho más que un millonario. Quien está contento es verdaderamente un hombre rico; el que anda tras el dinero es siempre pobre, ¿cómo podría no serlo? Pobre en el peor sentido de la palabra. ¡Oh, es algo bendito que podamos pensar que todos los eventos de la providencia han sido ordenados por Dios: entonces podemos disolver nuestra propia voluntad en la dulzura de la voluntad de Dios, y nuestra tristeza llega a su fin!

Yo pienso que esto, además de enseñarnos sumisión, debería darnos un alto grado de consuelo en el tiempo de necesidad de tal forma que nos elevemos a algo parecido al gozo. Hoy estaba leyendo algo acerca del Sr. Dodd, que es una persona a quien los puritanos siempre estaban citando, un hombre que no escribió ningún libro, pero parece que dijo cosas con las que otras personas han hecho atractivos sus libros. Se dice que este viejo Sr. Dodd, tenía un gran problema, una queja de su cuerpo que no voy a mencionar, pero es una de las más dolorosas que un hombre puede sufrir; y cuando se le dijo que tenía esta enfermedad, y que era incurable, el anciano derramó unas cuantas lágrimas naturales a causa del dolor muy grande y agudo; pero al fin dijo: "esto me viene evidentemente de Dios, y Dios nunca me envió nada que no fuera bueno para mí, por tanto arrodillémonos juntos, y agradezcamos a Dios por esto." Ese anciano dijo algo muy bueno, e hizo muy bien en agradecer a Dios de todo corazón.

¡Oh sí, arrodillémonos juntos y agradezcamos a Dios por nuestro problema! ¿Acaso puede ser tuberculosis, o un niño moribundo, o una hacienda que no sostiene, o un negocio que va rumbo a la ruina? Creamos con firmeza que nuestro Dios nunca nos ha enviado nada que no fuera para nuestro bien; por tanto, arrodillémonos, y agradezcamos a Dios con todo nuestro corazón.

Si tu hijo viniera a ti, y te dijera: "padre, te agradezco por la vara; sé que ha sido por mi bien," sentirías que el tiempo de la corrección ha llegado a su fin. Evidentemente él no es tan torpe ni tan insensato como para que necesite un agudo despertar por medio del castigo. Él ve el mal involucrado en su desobediencia y la necesidad del castigo, y ahora se le puede permitir que aplique las lecciones que ha aprendido.

Cuando ustedes y yo comenzamos a familiarizarnos con la aflicción, y a agradecer a Dios por ella, está llegando a su fin. Yo personalmente creo que hay a menudo un período establecido para las aflicciones de los santos, y que ese período usualmente coincide con su aceptación perfecta. Cuando están contentos de recibir todas las cosas como Dios quiere, Dios estará contento con permitirles tener tanto como quieran. Cuando dos voluntades se juntan, nuestra voluntad y la voluntad de Dios, entonces encontraremos un dulce arroyo de plateada paz que fluye en dos vertientes por el resto de nuestras vidas.

Por tanto, concluyamos esto: si aun los cabellos de nuestra cabeza están todos contados, si verdaderamente todo es ordenado por el Altísimo en lo relativo a Su pueblo, gocémonos en lo que Dios da, y tomémoslo como venga, y alabemos Su nombre, ya sea que lo que nos toca sea duro o suave, amargo o dulce. Digamos con alegría: "Si Dios lo quiere así, nosotros también; si es un propósito de Dios, que así sea; puesto que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados." No me voy a hundir en el pantano de las dificultades que algunos de ustedes ven colocado en el camino; yo tropiezo en el fango con el ágil pie de la fe.

No voy a discutir cómo se puede demostrar que la predeterminación es consistente con la responsabilidad del hombre, y con el libre albedrío del hombre y con todo eso. Yo creo en la responsabilidad del hombre, y en el libre albedrío del hombre, tanto como creo en la predestinación. Yo creo en la responsabilidad del hombre tanto como ustedes, y creo en el libre albedrío del hombre tanto como cualquier ser viviente. ¿Cómo puedo creer en ambas doctrinas? Evidentemente yo puedo creer en ambas doctrinas, pues yo ciertamente creo en ambas. He aprendido esto: que el hombre cuyo credo es consistente en la opinión de otros, usualmente tiene un credo señalado por la pobreza y la insuficiencia; y la mayor parte de ese credo es más bien teoría que revelación.

Cuando llegas a encuadrar tu teología en un sistema, existe el peligro que actúes como un constructor que coloca entre las grandes piedras mezcla hecha por él mismo. Yo me contento con apilar las piedras no labradas, y no les pongo ningún cemento propio. No le voy a dar forma a la verdad, y mucho menos le voy a agregar algo. "Porque si alzares herramienta sobre él, lo profanarás." Quien acepta la verdad tal como la encuentra en el Libro inspirado tiene suficiente material, y todo ese material es sano.

Yo creo que todas las contradicciones de la Escritura son solamente aparentes. No puedo esperar entender los misterios de Dios, ni tampoco deseo hacerlo. Si yo entendiera a Dios, no podría ser al verdadero Dios. Una doctrina que yo no puedo entender, es una verdad que está destinada a agarrarme a mí. Cuando yo no puedo ascender, me arrodillo. Allí donde no puedo construir un observatorio, coloco un altar. Una gran piedra que yo no puedo levantar me sirve como un pilar sobre el cual derramo el aceite de gratitud, y adoro al Señor mi Dios.

¡Cuán ocioso es soñar que nuestro entendimiento corre en paralelo con el entendimiento del Dios infinito! Su conocimiento es demasiado maravilloso para nosotros; es tan elevado que no podemos alcanzarlo. ¿Han escuchado alguna vez la historia del muchacho curioso a quien se le había prohibido entrar al estudio de su padre? Intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave: cualquier forma apropiada y segura de entrar estaba descartada. Pero él no podía estar contento hasta no haber satisfecho su curiosidad, y por lo tanto se subió por la ventana. Para horror de su padre, allá arriba en el segundo piso estaba su hijito, mirándolo desde arriba, y gritándole con orgullo infantil: "papá, puedo verte." ¡Qué posición tan peligrosa para el niño! Debe ser rescatado, y se le debe enseñar que no debe subirse allí de nuevo.

¿Imitaremos la insensatez de este niño? Hermanos míos, yo no lo intentaré. No quiero poner en peligro mi alma, ni tampoco mis poderes de razonar, esforzándome por entender lo que no se puede conocer. Siendo un pobre hijo como soy, prefiero amar a Dios y asombrarme de Él, en vez de mirarlo con percepciones frías e intelectuales, soñando que lo conozco plenamente. Yo le pido a Dios crecer en el conocimiento de aquello que el Señor ha revelado: y oro para pedir gracia para limitar mi curiosidad a los límites de Su revelación; ciertamente están sumamente lejos aun de las investigaciones más ambiciosas.

En cuanto a la dificultad frente a nosotros, yo no la entiendo; ¿y de qué me serviría si la entendiera? Yo sé que cualquier cosa que haga un hombre que está mal, la hace de conformidad a su libre albedrío; y yo creo que todo el pecado del mundo es causado por la elección voluntaria y censurable del trasgresor; pero yo sé que hay una comprensión de la previsión y de la predestinación tan amplia que todo está de acuerdo con la presciencia y la predestinación.

Que nuestro cabello crezca como quiera, o arranquémonos los cabellos como nos plazca, que nada interfiera con nuestra absoluta libertad en el asunto; y sin embargo los cabellos de nuestra cabeza están todos contados. Suficiente en cuanto a la presciencia.

II. Ahora, en segundo lugar, tenemos el CONOCIMIENTO: el íntimo conocimiento que Dios tiene de Su pueblo. "Pues aun vuestros cabellos están todos contados." Observen qué conocimiento tan pleno tiene Dios de cada uno de Sus hijos. Si no hubiera nadie más en el mundo, excepto tú, y Dios no tuviera nada más que hacer que pensar en ti, y no hubieran otros objetos para Su atención más allá de ti, y Su mente eterna no tuviera ningún tema que considerar sino únicamente tú, el Señor entonces no sabría más acerca de ti de lo que sabe ahora.

La omnisciencia de Dios está concentrada sobre cada ser, y sin embargo no está dividida por la multiplicidad de sus objetos; no se encuentra menos concentrada en un objeto en razón que hay muchos objetos. ¡Cuánto debería asombrarnos que el Señor nos conozca en este momento tan íntimamente como para tener contados cada uno de los cabellos de nuestra cabeza! El conocimiento que posee el Señor en relación a Su pueblo es tan minucioso, y toma en cuenta esos pequeños asuntos que los hombres valoran como menudencias indignas de considerarse. Él sabe lo que tú y yo difícilmente deseamos saber: Él sabe aquello que nosotros desconocemos y que no nos quita el sueño: "Pues aun vuestros cabellos están todos contados."

Él nos conoce mejor que cualquiera de nuestros amigos. Hay muchas personas que tienen un amable amigo que conoce sus asuntos con mucha precisión, pero aun un allegado tan familiar nunca ha contado los cabellos de sus cabezas. Ninguna esposa ha hecho eso, ningún doctor que tiene, por su larga relación con nosotros, un detallado conocimiento de la condición y de la salud de cada parte de nuestro cuerpo.

Dios nos conoce mejor de lo que nosotros nos conocemos a nosotros mismos. Nadie sabe cuántos cabellos hay en su propia cabeza; pero aun los cabellos de tu cabeza están todos contados por Aquél que nos conoce mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos. Dios sabe cosas de nosotros que por nosotros mismos no podríamos descubrir. Hay secretos del corazón que son desconocidos aun para nosotros mismos, pero que no son un secreto para Él. Su penetrante conocimiento alcanza hasta las cosas más escondidas de la vida y del espíritu.

¿Acaso no concuerdan conmigo que un conocimiento tierno y encantador es revelado aquí cuando se nos dice que el Señor cuenta los propios cabellos de nuestras cabezas? ¿Acaso no revela cuánto piensa en ellos? Hay algunas personas que nos aman mucho, que siempre están buscando nuestro bien, pero Dios los sobrepasa a todos ellos en un mayor cuidado maternal hacia nosotros, un cuidado sorprendentemente minucioso. Vemos que Su amor es mayor que el amor de las mujeres, pues aun los cabellos de nuestra cabeza están todos contados; y eso en cada una de las etapas de nuestras vidas. ¿Acaso no implica esto un cuidado muy benévolo?

Cuando uno tiene a un hijo enfermo, y lo vigila día y noche, cada pequeño detalle en relación a él es conocido y registrado. Mi amor se ve un poco pálido hoy, o no tiene mucho apetito ahora; el síntoma es notado con ansiedad. Ustedes saben cuán fácilmente el amor puede degenerar en insensatez en esa dirección; pero sin ningún desatino, Dios es infinitamente cuidadoso y amable con nosotros, pues Él sabe cuando hemos perdido uno de los cabellos de nuestra cabeza.

Nosotros no podemos hacer que nuestro cabello se vuelva blanco o negro, pero Él sabe cuando nuestros cabellos se tornan blancos por el dolor o por la edad. Él entiende todo acerca de la pérdida de color de nuestro cabello, de cuando encanecemos, los pequeños detalles relativos a nuestro cuerpo, así como de las más diminutas circunstancias que atribulan nuestras almas.

Me parece (no sé cómo lo vean ustedes) que revela un conocimiento muy, muy, muy íntimo, tierno, y afectuoso de nosotros; y el hecho de que nuestro Señor nos mire así tan lleno de gracia, nos debería llenar de gozo.

Este conocimiento tierno y cuidadoso de parte de Dios es constante. Él conoce el número de los cabellos de nuestra cabeza hoy, mañana, y todos los días: Él vela sin cesar sobre todos los procesos que aun de la manera más insignificante afectan nuestras vidas. Tan íntimo es el conocimiento que tiene de nosotros, que cuando nos acostamos y cuando nos levantamos, nuestros pensamientos y nuestros caminos, todo está continuamente ante Él.

Y ¿qué debemos aprender de esto? ¿Acaso la vida no es convertida en un asunto muy solemne? ¿Quién se atreverá a tomar las cosas a la ligera cuando el Señor Dios está tan cerca? ¿Se dedican ustedes a la crianza de abejas? ¿Han sacado alguna vez la estructura interior de una colmena, sosteniéndola en alto para observar lo que están haciendo las abejas a ambos lados del panal? ¿O han contemplado a las abejas a través de una de esas interesantes capuchas que tienen un visor, que permite que toda la actividad pueda ser visible?

Las abejas escasamente se dan cuenta que las estás observando, ciertamente a ellas no les importa que las miren, pues son tan laboriosas que ya no podrían hacer nada más aunque tuvieran puestos sobre ellas todos los ojos del universo. ¡Qué clase de personas deberíamos ser, sabiendo que Dios nos está observando, y registrando cada movimiento de nuestro ser! ¡Qué cuidado deberíamos tener en cuanto a nuestro sentimiento, nuestro pensamiento, nuestra determinación, nuestros deseos, nuestras acciones, y nuestras conversaciones, cuando Dios lo sabe todo minuciosamente, aun el número de los cabellos de nuestra cabeza! ¡Qué perfecta consagración deberíamos mantener!

Si Dios me valora tanto a mí, si me conoce de esa manera que aun cuenta hasta los cabellos de mi cabeza, ¿no debería yo entregar todo mi ser a Dios aun hasta el más mínimo detalle? ¿Acaso no debería darle no solamente mi cabeza, sino mi cabello, como lo hizo aquella mujer penitente, quien soltó sus trenzas para poder hacer una toalla con ellas y así secar esos pies que había lavado con sus lágrimas? ¿No deberíamos consagrar a Dios las cosas más pequeñas así como las más grandes también? ¿No está escrito: "Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios"? "Y que no sois vuestros, porque habéis sido comprados por precio:" y cuando se hizo el inventario, el Señor no dejó fuera del catálogo ni un solo cabello de tu cabeza.

Ciertamente Él no les ha dejado el cabello a ninguna de ustedes, mujeres cristianas, para que ustedes se gocen en su vanidad y orgullo; cada una de sus trenzas es del Señor. Él no les deja a ustedes, hombres, nada de su talento, de su mente, de su cuerpo; todo su ser es completamente de Él, y él lo tiene muy en cuenta, y espera que ustedes lo incluyan en su consagración práctica. Él observa lo que ustedes hacen con las cosas pequeñas: Él nota inclusive esos pequeños asuntos que parecen indignos de consideración para estar bajo alguna regla. Estamos bajo la ley de Cristo, y esa ley cubre al hombre completo.

¿Acaso nuestra fe en este conocimiento que el Señor tiene de nosotros, no debería ayudarnos en la oración? ¿Acaso algunos hermanos no oran como si estuvieran informando al Señor acerca de sí mismos? Creo que he escuchado algunos comentarios en ciertas oraciones que parecían implicar que Dios desconocía el Catecismo Menor; algunos amigos han ido tan lejos como explicar las doctrinas de la gracia como si el Señor no estuviera al tanto de ellas. He escuchado que otros oran como si Él no conociera la experiencia de los cristianos: como si hubieran tenido que explicarle a Él algunas de sus dudas y temores.

Cuando oramos no necesitamos explicar nada, pues el Señor sabe todo acerca de nosotros, incluyendo los cabellos de nuestra cabeza. Queridos amigos, nosotros no tenemos ninguna necesidad de explicar nuestras dificultades y perplejidades a nuestro Dios. "Vuestro Padre celestial sabe." Que éste sea el consuelo de ustedes. Él sabe qué cosas necesitamos antes que se las pidamos; ésta es una gran ayuda en la oración. Puede acortarse en gran manera la oración si van a Dios con la expresión de lo que desean, y argumentan Su promesa, y someten su espíritu a Su discreción divina. Al acortar la longitud de la oración, en esa medida se fortalece. No necesitan sentir temor, como si Dios no supiera, sino que deben ir dulcemente hacia Él, que sabe todo acerca de ustedes, y que no actuará sobre la información incompleta de ustedes, sino sobre Su propio conocimiento cierto.

Esta persuasión nos ayudará a sentir que el Señor nos liberará de todas las dificultades, pues El conoce el camino de salida de cada laberinto, Él percibe la respuesta para cada enigma. Si Él cuenta todos los cabellos de tu cabeza, puedes tener la certeza que Él tiene una gran discreción para cosas mayores, y es un piloto incomparable a través de las olas, y de las rocas, y de las arenas movedizas, que suavemente te conducirá en el camino, y te llevará al puerto deseado.

Hay tanto consuelo en esta doctrina del conocimiento infinito de Dios que yo quisiera que cada pobre pecador recordara que Dios lo sabe todo acerca de él, y por consiguiente Él puede tratar con todos sus pecados y temores. Si quieren misericordia, vengan al Señor de inmediato; Él conoce sus caminos, Él conoce su posición, Él conoce su corazón quebrantado, Él conoce sus luchas angustiosas, Él sabe lo que ustedes no pueden expresar. Todo el mal que han hecho y todo el bien que anhelan, Él lo percibe; pues "aun vuestros cabellos están todos contados."

III. Ahora, en tercer lugar, y de manera muy breve: ¿Acaso este texto no expresa VALORACIÓN? "Pues aun vuestros cabellos están todos contados." Parece, entonces, que los humildes santos son sumamente preciosos para el Señor. Todo el rebaño de Cristo en la tierra fue constituido por gente pobre; si poseían un bote y unas cuantas redes, era todo lo que valían. Si alguien hubiera visto a Cristo en Su pequeña iglesia en la tierra, habría dicho: "No hay ninguna persona respetable en medio de ellos." Así es como se habla ahora; como si fuera respetable tener dinero; como si el respeto no perteneciera al carácter, sino únicamente a las posesiones.

Sin embargo, Él escogió a esos doce hombres pobres, y los tenía en tan alta estima que contó todos los cabellos de sus cabezas. Por allá veo a un pobre anciano junto al pasillo, que lleva una chaqueta de pana; la chaqueta no es importante, pero aun los cabellos de su cabeza están todos contados. Por allá está también una pobre anciana que acaba de salir del asilo, y a ella le encanta escuchar el Evangelio; es una anciana tan pobre, que a nadie le gusta invitarla para que tome un asiento en la iglesia. Ella es uno de los santos de Cristo, y la santidad es una patente de nobleza.

Si vendieras una hacienda podrías contar los árboles, pero no las ramas ni las hojas; pero si vendieras una joyería, contarías todos los prendedores, y todos los anillos de diamante, porque en una joyería todo es precioso; ahora Dios considera todo lo relativo a Su pueblo como algo tan precioso que inclusive le da importancia a los cabellos de sus cabezas.

¡Cuán preciosos son los santos a los ojos del Señor! He estado tratando de hacer un cálculo: si los cabellos de sus cabezas valen tanto que Dios los cuenta, ¿cuánto valdrán sus cabezas? ¿Quién me responderá eso? Si sus cabezas valen tanto que el Señor Jesucristo murió para redimirlas, ¿quién podrá decir cuánto valen sus almas, o más bien qué es lo que no valen? Las almas valen más que todos los mundos colocados juntos.

Pregúntenle a una madre cuánto vale su hijo. "Señora, ¿cuánto aceptaría por su hijo?" Amigos míos, si ella lo vendiera por el precio que ella considerara una compensación justa, no podríamos juntar todos nosotros el dinero suficiente aunque pusiéramos todo lo que tenemos en un fondo común.

El Señor puso tal valor en Sus hijos que entregó a Su Hijo Jesucristo a la muerte para no perder a ninguno de ellos; y Jesús mismo eligió morir en la cruz para que ninguno de Sus pequeñitos pereciera. ¡Oh, el valor y naturaleza preciosa de un hijo de Dios! Los mundos no servirían de nada para servir de base de la valuación.

Valoremos al pueblo de Dios muy en alto, sintiendo como lo hacía el Salmista cuando dijo: "Tú eres mi Señor; no hay para mí bien fuera de ti. Para los santos que están en la tierra, y para los íntegros, es toda mi complacencia." Ustedes agradan a Jesús cuando le hacen el bien al más pequeñito de Sus hijos. Él considera como que se lo hicieron a Él mismo. Si son tan queridos para Él, deben ser muy queridos para ustedes; y, como algunos a quienes Cristo compró con Su sangre, todavía están perdidos:

"¡Oh, vamos y encontrémoslos!
En caminos de muerte ellos merodean."

Si los cabellos de sus cabezas están todos contados, ¿cuánto valdrán sus almas? Debemos sentir que todo lo que podamos hacer para salvar un alma de la muerte no es sino un trabajo barato comparado con la gema invaluable que buscamos. ¡Oh, ustedes, buzos, vengan y zambúllanse en el mar: las perlas que saquen les pagarán con creces todo su riesgo y esfuerzo! ¡Ustedes, cazadores de almas, vengan, no hay cacería como ésta! Cacen almas como los valerosos suizos cazan antes (venados) en las montañas, y que ninguna dificultad los intimide, pues "el que gana almas es sabio." No hay compra más provechosa que ésta, aunque ustedes deban entregar sus vidas para traer a los hombres a Cristo. ¡En cuánto valora Dios las almas de Su pueblo!

IV. Finalmente, aquí hay PRESERVACIÓN. Vean cuán cuidadosamente Dios preserva a Su propio pueblo, pues comienza por contar los cabellos de sus cabezas. Yo digo, y me baso en la Escritura para apoyar mi afirmación, que ningún miembro del pueblo de Dios sufrirá a la larga la más pequeña pérdida. "Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá," le dijo Cristo a Su pueblo creyente. Si yo fuera a perder un cabello de mi cabeza, no me daría cuenta. ¿Alguno de ustedes sí se daría cuenta? Pero Dios sí sabría si Sus siervos perdieran algún cabello de sus cabezas, y Él les promete una protección tan completa que ninguno de los cabellos de sus cabezas perecerá.

Recuerden ese otro texto, "El guarda todos sus huesos; ni uno de ellos será quebrantado." Ahora, un cristiano puede fracturarse los huesos de su cuerpo, pero en un sentido real y espiritual él está libre de ese peligro, Dios lo guardará; ¡ay, lo guardará por toda la eternidad! "no quedará ni una pezuña," le dijo Moisés a Faraón, y ni un solo hueso, ni un fragmento de un hueso de los rescatados será cedido al dominio de la muerte y de la tumba.

Cuando suene la trompeta, toda la humanidad redimida despertará a la vida. Cuando Pedro salió de la prisión, el ángel lo tocó, y sus cadenas se rompieron, y él salió de la prisión, pero no la abandonó hasta no ponerse sus sandalias. Ni siquiera dejó algún par de zapatos para Herodes o sus carceleros. Lo mismo sucederá con los hijos de Dios al final: "de lechos de polvo y arcilla silenciosa," cuando suene la trompeta del ángel, se levantarán, y no dejarán atrás nada; no dejarán ninguna partícula esencial en la tumba. Resucitarán, cuerpo, alma y espíritu, completamente redimidos por el Señor. "Pues aun vuestros cabellos están todos contados."

Cristo conoce lo que ha comprado, y lo tendrá; Él tendrá lo que ha comprado, inclusive hasta el último átomo. No entraremos a la vida cojos, o mutilados, o con un solo ojo. Él preservará a Su pueblo en su totalidad, y lo presentará "sin mancha ni arruga ni cosa semejante."

Observen que, en la cercana vecindad del texto, leemos acerca de persecución. Amados hermanos, si viniera persecución no podría realmente hacerles daño. Los tres jóvenes hebreos, cuando salieron del fuego, no estaban quemados ni chamuscados; ni siquiera sus sombreros, ni sus narices, ni sus cabellos olían a fuego.

Cuando el pueblo de Dios sufre los fuegos de la persecución, no será perdedor; ellos irán en medio del fuego sin sufrir ningún daño; más aún, ganarán la palma y la corona de los mártires, que los harán gloriosos para siempre, a pesar de que mueran en las llamas. Por tanto, no le teman a nada. Nada les hará daño de ninguna manera; al final sus sufrimientos se convertirán en su enriquecimiento. Aunque ustedes no cuenten sus vidas como algo valioso, la sangre de ustedes será preciosa a Su vista.

Además de la persecución, ustedes pueden sufrir un accidente o una calamidad súbita. No tengan miedo nunca. Exhibir presencia de ánimo en un accidente representa la mitad de la batalla, por tanto el hijo de Dios debe estar calmado y con auto-control; pues aunque sufra en el cuerpo, su verdadero yo estará seguro. Ustedes serán colocados en peligros externos al igual que los demás, ya sea en tornados, o en naufragios, o sufriendo la peste del cólera, o en medio del fuego. Sin embargo, su verdadera vida está protegida de todo peligro por el pacto de gracia.

Por lo tanto, descansa en el Señor, pues estarás seguro aunque caigan a tu lado mil, y diez mil a tu diestra. Si pierdes, tu pérdida será transmutada en una ganancia real. La enfermedad, si llega enfermedad, obrará tu salud. Los hijos de Dios han sido madurados a menudo por la enfermedad. Son semejantes al higo, que no se vuelve dulce mientras no sea golpeado. Amós era recolector de higos silvestres (y los golpeaba) y la aflicción es el Amós de Dios para volvernos dulces. La madurez viene mediante la aflicción.

¡Ay!, dices, "he perdido a un querido amigo." Confía en Dios y por medio de la amistad divina el vacío de tu corazón será llenado con creces. ¿Has perdido a un hijo? El Señor será mejor para ti que diez hijos. Si tu padre y tu madre te son arrebatados, los encontrarás a ambos en Cristo, y dejarás de ser huérfano.

Esto dice la promesa: "No quitará el bien a los que andan en integridad." "No te desampararé, ni te dejaré." Confía en el Señor en cualquier peligro. Confía en Él en medio de aguas profundas, y también cuando estés en la costa. Cuando las olas estén agitadas, confía en tu Dios, así como también cuando el mar esté tranquilo como un espejo. Cuando el mar ruge y las montañas son sacudidas por las mareas altas, confía en Jehová sin la menor sombra de duda, pues, "aun vuestros cabellos están todos contados."

¿Por qué habías de temer? Tu barca lleva a Jesús con toda Su vida. Si te ahogas, Él no puede nadar, Él se hunde o nada contigo; pues así ha dicho Él: "Porque yo vivo, vosotros también viviréis." Si tu Señor vive, tú debes vivir. Por tanto, consuélense unos a otros con estas palabras, y vayan tranquilamente, pacientemente, alegremente, gozosamente por la vida, bajo la preservación divina, pues "aun vuestros cabellos están todos contados."

En cuanto a ustedes que no están en Cristo, siento por ustedes un gran dolor, porque ustedes no pueden participar del gozo de esta preservación. En cuanto a los justos, las estrellas en su curso luchan por ellos, y las bestias del campo han hecho pacto con ellos. Pero en cuanto a ti, la tierra gime al cargar el peso de tal pecador, y los elementos están impacientes para vengar la queja del Dios del pacto, destruyéndote.

Todas las cosas trabajan conjuntamente para traer sobre ti la justicia que tú mismo provocas. ¡Huye! ¡Huye! ¡Huye! No te queda sino un solo amigo: ¡huye a Él! Ese amigo, "el Amigo de los Pecadores," te implora que vengas a Él. Escúchalo cuando clama con los acentos más tiernos: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar." ¡Ven a Jesús; ven de inmediato, por causa de Su amor! Amén.





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